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“El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, y estas travesías se aprenden escuchando a quienes las vienen haciendo desde siempre. Salimos de San Luis a las cinco de la tarde. Todavía con el sol alto, pero con esa sensación en el pecho de que algo grande estaba por empezar. Íbamos con Matías, cargados de expectativas, sabiendo que no íbamos a hacer solo un cruce… íbamos a meternos en una historia viva. Llegamos al hostel Oveja Negra y ahí nos estaban esperando: Daniel Villegas, Franco Visetti, Rodrigo Martínez y Diego. Apretón de manos firme, miradas sinceras. De esas que dicen sin hablar que “el que se tiene por hombre, donde quiera hace pata ancha”. Mientras se ensillaban los caballos y se preparaba todo, el tiempo parecía acomodarse solo. En el campo las cosas no se apuran. Como dicen los gauchos: “no pinta quien tiene ganas, sino quien sabe pintar”. A las nueve de la noche salimos rumbo al Monigote. La luna, casi llena, nos marcaba el camino. Subimos la sierra a caballo, despacio, atentos. El sonido de los cascos sobre la piedra, el viento fresco en la cara y esa sensación de libertad que no se explica. Porque, al final, “mi gloria es vivir tan libre como el pájaro en el cielo”. Llegamos al Monigote. Ahí comimos, guitarreamos y compartimos mates, mientras se iban hilando anécdotas, recordando a todos los que alguna vez pasaron por ese mismo lugar, los que hicieron este cruce antes y los que dejaron su huella en el camino. Las palabras salían solas, sin apuro, como pasa cuando la historia se cuenta desde adentro. Después, a dormir. Con el cuerpo cansado y el alma despierta. Al otro día arrancamos temprano, con mates bien calientes y la compañía de José Calderón, el puestero del Monigote. José nos habló de la vida en el campo, de las problemáticas diarias, de lo duro y lo simple que es vivir ahí arriba. De cómo nada se regala. Porque “la tierra no da fruto, si no la riega el sudor”. En el desayuno pasó algo que nos marcó a todos. Daniel nos contó que tienen la tradición de anotar todo lo que pasa en un libro. Sacó ese cuaderno gastado por los años. Nos dijo que su papá anota siempre todo ahí. Empezó a leer algunas páginas… y se emocionó. Porque ahí estaban los cruces, los nombres, las llegadas, las dificultades y también los que ya no están. Ahí entendimos que “junta experiencia en la vida, hasta pa’ dar y prestar, quien la tiene que pasar entre sufrimiento y llanto, porque nada enseña tanto, como el sufrir y el llorar”. Después preparamos los caballos: herraduras nuevas, corte de pelo, todo como manda la tradición. Sabíamos que todavía quedaba lo más bravo. Después de terminar de subir la cuesta, tocaba bajar a Nogolí. Un camino realmente desafiante y peligroso. Fino, técnico, exigente. Como los caracoles del paso a Chile, pero metidos en plena sierra puntana. Ahí se baja con respeto. Con paciencia. Con coraje. Con el corazón latiendo fuerte. Porque íbamos “con el corazón en la montura, la vida en los estribos, y las ilusiones en las riendas”. Fueron horas de trabajo, de ajustar, de volver a intentar. Hasta que finalmente logramos bajar. Nos sentamos a la sombra, en silencio, dejando que el cuerpo afloje y que el camino se asiente en el alma. Después encaramos para la casa de Don Pío. Pionero de este cruce y amigo de Ramón Lucero, quien inició la Guarida de los Gauchos y que hoy ya no está, pero sigue presente en cada huella. Don Pío nos contó cómo empezó todo. Al principio era algo entre amigos. Después se volvió tradición. Los gauchos de Nogolí cruzando para el festival del Oro, y los de La Carolina devolviendo el gesto para el de Aguas Claras. Eso es San Luis. Eso es tradición. Y como bien dice otra verdad del campo: “lo que pinta este pincel, ni el tiempo lo ha de borrar”. A Don Pío lo conocemos hace tiempo por las actividades de trekking. Nos recibió como siempre, con la puerta abierta y el corazón más todavía. Comimos, nos refrescamos y encaramos el tramo final hacia el pueblo. Entramos a Nogolí desfilando, a caballo, con banderas y estandartes. No era un desfile. Era una historia llegando de nuevo. En el festival hubo juegos y carreras de caballos. Porque el gaucho no corre para mostrarse, corre para honrar al caballo y al camino. Nos acompañaron en esta travesía: Lautaro velazquez Denis Calderón Rodrigo martinez Franco visetti Diego perez Kia woronco Denis velazquez Daniel Villegas Gente valiente. Gente de palabra. Gente que entiende que la sierra no se conquista, se respeta. Y así fue esta travesía. Larga. Dura. Hermosa. Mientras haya caballos ensillados, mates compartidos y alguien dispuesto a cruzar la sierra para que esto no se pierda, San Luis va a seguir contando su historia… al paso manso, al ritmo del casco, y con el alma bien firme. Si queres o estás interesado en vivir algo así, acércate por oveja negra. Ahí te van a asesorar y podes vivir una experiencia similar. Y cualquier duda escribime y te facilito todos los contactos