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Jesús mío, me fundo en tu Divina Voluntad y entro en esta hora en que compareces ante Caifás, manso, atado y acusado como culpable. En tu silencio majestuoso hago correr mi “te amo, te adoro, te bendigo y te agradezco” por todas las falsas acusaciones que se han levantado y se levantarán contra los inocentes. Amor mío, entro en cada jalón de tus cabellos, en cada bofetada que hiere tu rostro, en cada salivazo que desfigura tu hermosura divina, y en cada uno imprimo mi correspondencia para reparar todas las violencias, desprecios y humillaciones que las criaturas se hacen entre sí. Jesús callado, entro en tu silencio que repara las palabras mentirosas; en cada calumnia que escuchas hago correr mi “te amo” por todas las lenguas que juzgan, hieren y condenan injustamente. Vida mía, entro en tu mirada que atraviesa los corazones de tus verdugos y en esa luz imprimo mi correspondencia por todas las cegueras voluntarias que rechazan la verdad. Jesús acusado de blasfemia, me uno a tu “Yo soy” pronunciado con majestad divina, y en esa palabra eterna imprimo mi “te amo, te adoro, te bendigo y te agradezco” por todas las veces que tu Divinidad ha sido negada, burlada y combatida. Amor mío, entro en el rasgar de las vestiduras de Caifás y en el furor de los que gritan tu condena; en cada movimiento de odio hago correr mi amor por todas las rebeliones contra tu Voluntad. Jesús mío, entro en el dolor de tu Corazón al oír la negación de Pedro; en cada latido herido imprimo mi correspondencia por todas las infidelidades de las almas consagradas, por las negaciones ocultas, por los respetos humanos y por las cobardías que te dejan solo. En tu mirada que salva a Pedro hago correr mi “te amo” por todos los que caerán, para que una sola mirada tuya los levante. Jesús mío, entro en las cadenas que oprimen tus muñecas y en cada gota de Sangre que marcas el camino imprimo mi amor por todos los abusos de autoridad y por las injusticias cometidas por quienes deberían guiar. En cada golpe que recibes hago correr mi correspondencia por todos los pecados de los jefes, de los sacerdotes, de las almas llamadas a santidad. Amor mío, en tu paciencia infinita imprimo mi “te adoro, te bendigo y te agradezco” por cada alma que aprenderá a callar por amor, a sufrir por amor y a defender la verdad con mansedumbre. Y desde esta sala de juicio donde el Inocente es condenado, pido que el Reino de tu Divina Voluntad venga a la tierra; que tu Verdad reine en las inteligencias, que tu Amor reine en los corazones, que tu Silencio divino venza toda violencia. Jesús mío, me encierro en tu Corazón y en cada latido tuyo hago correr el mío para que nunca estés solo en los tribunales del mundo. Te amo, te adoro, te bendigo y te agradezco.