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Padre Soltero Rescató A Heredera Secuestrada... Y Descubre Que Es Madre De Su Hijo Secreto El semáforo en rojo parpadeaba contra el parabrisas mientras Diego Morales revisaba mentalmente su lista del día. Tres turnos de seguridad cubriendo esta semana, la renta que vencía en cinco días, y la excursión escolar de Mateo que costaba más de lo que podía permitirse. Sus manos, marcadas por años de trabajo, descansaban sobre el volante del viejo sedán que había comprado de tercera mano. "Papá, ¿crees que la maestra Claudia se enoje si mi mochila tiene ese agujero?" La voz de Mateo llegó desde el asiento trasero, donde el niño de nueve años examinaba con preocupación su mochila gastada. "Le coseré un parche esta noche, campeón. Quedará como nueva." Diego miró por el espejo retrovisor a su hijo, ese niño de ojos oscuros y sonrisa que iluminaba incluso sus días más difíciles. Mateo era su mundo entero. Nueve años atrás, Diego había estado trabajando como paramédico en el Hospital General cuando una bebé recién nacida fue dejada en la puerta de emergencias. Sin identificación, sin madre, solo una nota: "Por favor, cuiden de él. No puedo." Durante semanas, Diego visitaba al bebé en servicios sociales entre turnos. Algo en esos ojos oscuros lo llamaba. Cuando nadie reclamó al niño y comenzó el proceso de adopción, Diego—apenas con veinticinco años, soltero, con un salario modesto—tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre. "Seré tu padre," había susurrado al bebé la primera noche que lo llevó a casa. "Tal vez no compartamos sangre, pero compartiré contigo todo lo que tengo." Lo que tenía era poco en términos materiales, pero mucho en amor. Diego había renunciado a su carrera de paramédico—los horarios erráticos eran imposibles con un bebé—y tomó trabajo como guardia de seguridad. Horarios más predecibles, aunque salario menor. Pero Mateo nunca pasó hambre, nunca se sintió no querido. "Papá, ¿puedo preguntarte algo?" Mateo interrumpió sus pensamientos. "Siempre, hijo."