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La competencia entre China y Estados Unidos ya no se limita al comercio o la tecnología: se libra en la órbita lunar y en las minas africanas. Dos escenarios distintos, una misma disputa por la primacía estratégica del siglo XXI. En el espacio, Pekín ha confirmado su objetivo de lograr un alunizaje tripulado antes de 2030, un hito que lo situaría a la altura del programa Artemis estadounidense. El éxito de misiones como Chang’e 4 y Chang’e 6 demuestra que el programa lunar chino avanza con constancia técnica y ambición geopolítica. La Luna ya no es solo símbolo científico: es plataforma para recursos estratégicos —como el helio-3 o minerales raros— y para la proyección de poder tecnológico. Washington, por su parte, impulsa el programa Artemis con la promesa de establecer una presencia sostenible y liderar un marco normativo internacional. En paralelo, la rivalidad se traslada a África. Estados Unidos ha comenzado a utilizar acuerdos de compra a largo plazo y financiación respaldada por el Estado para asegurar minerales críticos en Zambia, Guinea y la República Democrática del Congo, claves para el cobre y el cobalto. El objetivo es redirigir cadenas de suministro hacia socios alineados con Washington sin desplegar una presencia industrial directa. El contraste con China es notable. Pekín combina inversión pública, empresas estatales y construcción de infraestructuras, integrando extracción y procesamiento bajo su influencia. Mientras Estados Unidos apuesta por la arquitectura financiera y alianzas selectivas, China consolida presencia física y control operativo. De la superficie lunar a las minas africanas, la disputa revela una transición histórica: la geopolítica del siglo XXI se decide tanto en el espacio exterior como en las cadenas de suministro terrestres.