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Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, mientras Europa intentaba reconstruirse y juzgar los crímenes del nazismo, algunos de sus responsables lograron escapar en medio del caos. Uno de ellos fue Klaus Barbie, antiguo jefe de la Gestapo en Lyon, responsable directo de torturas, deportaciones y asesinatos. Formado en la Alemania de entreguerras dentro de un entorno autoritario y radicalizado por la ideología nazi, Barbie ascendió rápidamente dentro de las SS hasta convertirse en una de las figuras más temidas de la represión en la Francia ocupada, ganándose el apodo de “el Carnicero de Lyon”. En Lyon, Barbie dirigió una maquinaria de terror basada en la tortura sistemática, la persecución de la Resistencia y la deportación de judíos hacia los campos de exterminio. Su gestión transformó la Gestapo local en un instrumento de control absoluto que sembró el miedo en toda la región. Con el colapso del Tercer Reich, destruyó pruebas, abandonó Francia y, aprovechando la confusión de la posguerra y las nuevas prioridades de la Guerra Fría, logró evitar la justicia gracias a la protección de los servicios de inteligencia estadounidenses, que lo consideraron útil en la lucha anticomunista. A través de redes clandestinas de evasión, Barbie huyó a Sudamérica bajo una identidad falsa y se estableció en Bolivia, donde vivió durante décadas como empresario y asesor de regímenes autoritarios. Sin embargo, la memoria de sus crímenes nunca desapareció. Tras una larga investigación impulsada por periodistas y cazadores de nazis, fue finalmente identificado, arrestado y expulsado a Francia. En 1987, Klaus Barbie fue juzgado y condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad, demostrando que incluso después de décadas de impunidad, la justicia y la memoria histórica pueden alcanzar a quienes intentaron esconderse del pasado.