У нас вы можете посмотреть бесплатно El duque se casó con ella por obligación… Pero algo inesperado ocurrió или скачать в максимальном доступном качестве, видео которое было загружено на ютуб. Для загрузки выберите вариант из формы ниже:
Если кнопки скачивания не
загрузились
НАЖМИТЕ ЗДЕСЬ или обновите страницу
Если возникают проблемы со скачиванием видео, пожалуйста напишите в поддержку по адресу внизу
страницы.
Спасибо за использование сервиса ClipSaver.ru
Hugh Loxley no era el tipo de hombre que entraba a una habitación. Era el tipo de hombre que la transformaba. No por arrogancia, aunque tenía razones suficientes para eso. No por belleza, aunque la naturaleza tampoco había sido avara con él. Era algo más difícil de nombrar, algo que vivía en la forma en que caminaba, en el ritmo pausado y deliberado de cada paso, como si el suelo que pisaba ya le perteneciera antes de que su pie lo tocara. Los que lo conocían desde hacía años decían que siempre había sido así, incluso de niño: callado, observador, con esos ojos oscuros que parecían calcular el peso de cada cosa antes de decidir si valía la pena tocarla. Duque de Rookshire. El título sonaba antiguo, pesado, con siglos de polvo adheridos a cada sílaba. Y Hugh lo cargaba exactamente así: como algo heredado, no deseado, pero imposible de devolver. Esa mañana, estaba de pie frente a la ventana de su estudio, con una taza de té enfriándose sobre el escritorio y un documento abierto que no había terminado de leer. Afuera, la niebla de octubre cubría los jardines de Rookshire con una paciencia que él envidiaba. La niebla no tenía prisa. No tenía obligaciones. No tenía abogados esperándola en la sala de reuniones. —Su Gracia. La voz de Pemberton, su secretario, llegó desde la puerta entreabierta. Siempre desde ahí. Pemberton nunca entraba del todo al estudio sin ser invitado, lo cual era una de las pocas cualidades que Hugh verdaderamente apreciaba en él. —Ya sé —dijo Hugh, sin moverse de la ventana. —El señor Harcourt llegó hace veinte minutos. Y la señorita Westbrook... —Ya sé —repitió. Hubo un silencio breve. Pemberton era inteligente. Sabía cuándo el duque necesitaba un momento más. —¿Desea que les sirva algo mientras espera? —Diles que bajo en cinco minutos. Bajó en diez. La sala de reuniones de Rookshire no estaba diseñada para hacer sentir cómoda a la gente. Hugh sospechaba que su abuelo la había decorado con esa intención deliberada: paredes de caoba oscura, retratos severos de ancestros que nunca sonreían, y una mesa larga y fría que separaba a las personas con la misma eficiencia que un río. Era un lugar para negociar, no para conversar. Cuando entró, el señor Harcourt se puso de pie de inmediato, con la sonrisa tensa de alguien que necesita algo. Era el tipo de abogado que usaba trajes demasiado nuevos para parecer importante. Hugh lo notó, como notaba todo, y no dijo nada al respecto...