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En el México de hace varias décadas, no todos los barrios tenían banquetas pulidas ni parques con fuentes iluminadas; muchos surgían al filo de la ciudad, donde el anhelo de un hogar digno se vivía cada día entre callejones de tierra y paredes de lámina. Iztapalapa, por ejemplo, era entonces un laberinto de ranchos y chinampas salpicadas de pozos de agua y fogones de leña. Las familias levantaban sus casas con adobe o cartón, compartían tinas en patios comunales y se juntaban en la plaza para intercambiar tortillas recién hechas o un poco de carbón para cocinar. El único reloj era el sol, y la vida giraba alrededor del trueque de servicios: una coladera por acá, un cubo de agua por allá, siempre con la certeza de que, aun en la carencia, la solidaridad vecinal llenaba las barrancas del olvido. Polanco, que hoy asocia uno con boutiques de lujo y avenidas amplias, en sus orígenes fue otra historia: antiguas haciendas tabacaleras y potreros para campesinos jornaleros que venían de provincias en busca de trabajo. Sus breves líneas de tranvía conectaban modestos ranchos con el centro de la ciudad, y las casas, de un solo piso, respiraban un aire rural. Entre las sombras de los grandes ahuehuetes, los niños jugaban con canicas y las señoras colgaban el tendedero en galerones sin luz eléctrica, mientras una radio de bulbos escupía ficheras canciones que caminaban al compás de las carretillas. Ya en Tlatelolco, antes de que se alzaran las emblemáticas Torres de los años sesenta, el terreno era un mosaico de vecindades apiñadas, pulquerías y tienditas donde la renta de una pequeña cuartita podía costar menos de lo que hoy pagarías por un café. Aquí el hacinamiento era ley, pero también lo era la fiesta de barrio: los mercados de comida corrida abrían desde el alba, y los domingos la familia se reunía para un mole en el patio, rodeados de charolas de fruta y muñecas de trapo. Coyoacán, en cambio, vivía un pulso distinto: un antiguo pueblo de adoquines irregulares y fachadas bajas, donde la mayoría de las casas estaban hechas de ladrillo y techo de teja, y el alumbrado público brillaba con luces amarillas que apenas alcanzaban a disipar la penumbra. Las mujeres cargaban cántaros sobre la cintura, los barberos afilaban la navaja en la esquina y, entre las enredaderas de bugambilias, se escuchaba el repicar de las campanas de la parroquia. Aunque los barrios dibujaban un mapa de necesidades, también estaba tejido por historias compartidas: el saludo al paso, el convite improvisado, el canto de un bolero al filo de la madrugada. Así eran, en el pasado, los barrios que hoy vemos transformados: Iztapalapa, Polanco, Tlatelolco y Coyoacán nos recuerdan que la riqueza no siempre se mide en metros cuadrados, sino en la memoria de sus gentes y en la fuerza con la que, aun en la pobreza, hicieron de esas calles un hogar.