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San Bartolomé de la Torre, santo y torre, ambos decidieron hacer un complot festivo e histórico para dar nombre a una maravillosa localidad onubense situada a tan solo 29 kilómetros de la capital, de la vieja Onuba. En el cuadrante suroccidental de la provincia, entre la Tierra Llana y las primeras estribaciones de la comarca del Andévalo, San Bartolomé se siente “atrapado” por el Cinturón Agroindustrial de Huelva, aunque sus relaciones más directas las mantiene con los municipios andevaleños occidentales, junto a los cuales constituyen la Mancomunidad de Municipios Beturia. En una llanura rodeada de eucaliptos, San Bartolomé de la Torre nos acogió en un amanecer cargado de románticas nieblas. Éstas, sin abandonar su romanticismo, nos hacían entrever la silueta, la fisonomía del núcleo de población de la localidad bartolina. El pueblo, situado “en una corta llanura, junto al nacimiento y a la izquierda de un pequeño arroyo que lleva su nombre”, agrupa las viviendas en un casco urbano cuya identidad está en la Torre, crisol de la historia romana, árabe y cristiana. Durante el periodo musulmán la villa debió ser una alquería (pequeña comunidad rural que se situaba en las inmediaciones de las ciudades) de cierto valor estratégico para las comunicaciones entre la costa y el Andévalo. La fundación del núcleo urbano data de 1589. En este año, el Marqués de Gibraleón da una carta puebla para el poblamiento del lugar de San Bartolomé, en el sitio de “la Torre”. En el documento citado se recogían los derechos y deberes que contraían las personas que decidían acudir a este nuevo pueblo, en su mayoría, gente humilde de los alrededores y de la vecina Portugal. Y en el centro de ese casco urbano destaca la figura de su iglesia parroquial, iglesia barroca del siglo XVIII que acoge la escultura del patrón, San Bartolomé, que se procesiona el 24 de agosto con la famosa danza de las espadas, probablemente asociadas a danzas guerreras de la época de las repoblaciones medievales. Aunque la niebla nos impedía ver con claridad, sí pudimos observar con más nitidez su famosa torre, la que aporta la toponimia a San Bartolomé. Ésta, se encuentra situada en el exterior de la población sobre un terreno elevado que domina una posición estratégica de las vías de comunicación de la cuenca minera del Andévalo occidental y de la Sierra. No está clara la fecha de su construcción, de hecho existe una leyenda que dice que fue tartésica y su función consistía en servir de descanso de caravanas que salían de Tharsis cargadas de oro con destino a la construcción del templo de Salomón. Lo cierto es que esta torre cuadrada, de 9 metros de altura y 6,5 de base, es de estilo mudéjar con influencias almohades y parece ser que pudo construirse entre los siglos XIII y XV en un contexto histórico que coincide con las guerras entre Portugal y Castilla y León, así como con los conflictos señoriales. Lo que sí es cierto es que actualmente es el hábitat de palomas, gorriones y otras aves que no ansían descubrir el pasado histórico de esta torre atalaya. Ya con la luz adecuada, tras la desaparición de la niebla, pudimos observar nítidamente el caserío de San Bartolomé, el cual alberga una población de 3.679 bartolinos. La emigración de tiempos pretéritos ha pasado a inmigración en los tiempos actuales ya que la economía de antaño, basada en las dehesas, cereales y ganadería, ha dado paso a una agricultura de cítricos, fresas y demás frutos rojos, y olivar, así como el crecimiento del sector servicios. Desde fechas recientes y con la vuelta de emigrantes bartolinos, se viene afianzando la Romería de la Amistad de San Bartolomé de la Torre, una romería sin santo ni religión, solo dedicada a la alegría de los hombres, porque, como dice Arcipreste de Hita: “el hombre, entre las penas que tiene el corazón, debe mezclar placeres y alegrar su corazón, pues las muchas tristezas mucho pecado son”.