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Jesucristo eligió a Pedro como primero entre los Apóstoles. Así lo atestigua el pasaje del Evangelio que recoge Mateo: "Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos". (Mt. 16, 17-19). El nombre de Pedro es mencionado más veces en el Nuevo Testamento que ningún otro Apóstol. Cada vez que los nombres de los Apóstoles son listados, excepto en Gal 2:9, su nombre aparece primero: Mt 10:2, Mc 3:16, Lc 6:13-14, Hechos 1:13. Basándose en los Evangelios, la Iglesia contempla en la figura, en la misión y en el ministerio de Pedro, en su presencia y en su muerte en Roma una profunda realidad: «Ubi Petrus, ibi ergo Ecclesia» (-donde está Pedro, está la Iglesia-. San Ambrosio de Milán). La Iglesia, desde su inicio ha comprendido que, de la misma manera que existe la sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los Obispos, así también el ministerio de la unidad, encomendado a Pedro, pertenece a la estructura perenne de la Iglesia de Cristo y que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio. Por todo esto la Iglesia católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma, enriquecida también con la predicación y el martirio de san Pablo.