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ENTRE LAS GUERTAS PASEANDO Esta es una canción sefardí de Salónika, engendrada en aquella ciudad, tocada frente al mar, con olor al puerto antiguo, con sabor a koulouri y dulces griegos. La aprendí mientras viví allí mismo, en estos últimos dos años. Defiendo firmemente que la música histórica de un lugar es el resultado de lo que sentían sus intérpretes. Nunca se pudo haber compuesto “Entre las Guertas Paseando” en otro lugar que no fuese Salónika. Es justo el contexto. Son los judíos sefardíes con orígenes españoles que seguían usando el ladino en aquella ciudad del norte de Grecia. Era el barrio de Agua Mueva y sus sinagogas, el Arco de Galerio y su mercado Kapani en el centro. Era el bosque profundo de Seij Sou que abrazaba la ciudad y que lo oxigenaba mientras las grandes murallas de Yedi Kulé la protegían. Fue el trasiego de pesqueros y el barullo del puerto que traía siempre un olor a pescado fresco y sal. Fue el sonido de los vendedores ambulantes que cantaban y pregonaban sus productos, al igual que las bodas. Era el sonido de la llamada a la oración al ocultarse el sol y las campanas bizantinas de los domingos. Fue la mezcla de colores de la ciudad, el rojo bermellón de los tejados, los tonos pasteles de sus casas, el blanco de sus mármoles, el gris de sus fuentes, el rosáceo de sus bugambillas y un azul cerúleo de su mar que abrazaba por debajo una ciudad amurallada, que estaba coronada por una señora vigilante, llamada la Torre Blanca, que no dejaba de saberlo todo, de todo el mundo. Fueron esos caminos, donde se hablaba turco, búlgaro, griego, albanés, pero sobre todo, español. Un español antiguo, con un sonar a romancero castellano, del que seguramente bebió sus expresiones y refranes y que la mayoría de los ciudadanos hablaban. Y fue el sentir en los pies de la maleza baja de las huertas, que al caer la noche servían de escenario para encuentros de multitud de amantes, que veían en estos terrenos un lugar de reunión, secreto, prohibido, oculto, atractivo. Estas historias de amores e ilusiones que sucedían en una ciudad que era un gigante mosaico de culturas, bajo el contexto de un Imperio Otomano que permitió que los sefardíes prosperaran y siguieran transmitiendo el sentir de su añorada Sefarad, quedando justo al otro extremo del Mediterráneo. Hoy toco esta canción en el Barrio de Santa Cruz de Sevilla, la antigua judería. Es otro contexto, otro lugar, con otros olores, sonidos y sabores. Pero de aquí partieron los sefardíes. Y es mi forma de alcanzar una comunión: el retorno de las músicas a sus orígenes. Lo mágico de las sensaciones de ida y vuelta.