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La fuerza de una verdad absoluta, ya sea científica, mística o romántica, posee una naturaleza volcánica que el recipiente humano apenas puede contener sin estallar. Cuando nos asomamos al abismo de lo divino o nos entregamos a la totalidad de otra persona, estamos operando en una frecuencia que no pertenece a la supervivencia cotidiana, sino a la transfiguración. La imagen del ser humano estallando en mil cristales no es una metáfora poética: es una descripción clínica de lo que sucede cuando la “revelación” golpea un ego desprevenido. Es el rayo que fulmina a quien no tiene una toma de tierra. Newton, Descartes y Einstein no fueron simplemente genios solitarios; fueron hombres cuya estructura humana se vio calcinada por la intensidad de la luz que intentaban canalizar, sacrificando el tejido de su salud mental y sus vínculos afectivos en el altar de una verdad que los trascendía. De la misma forma que el místico se consume en el “muero porque no muero” de Santa Teresa, el amante apasionado se desintegra cuando el amor romántico se convierte en una religión personal, pues ambos estados exigen la aniquilación de la identidad previa. Existe un peligro real en la búsqueda de la pureza espiritual o intelectual si esta se divorcia de la dimensión sensorial y placentera. La captación de la inspiración de Dios (o esa chispa del universo) se vuelve un veneno corrosivo para el receptor si no se equilibra con el gozo de los sentidos, con el placer de la carne, con el disfrute de lo pequeño y lo terrenal. El placer actúa como el pegamento que mantiene unidos los fragmentos del ser, permitiendo que la luz pase a través de nosotros sin que el cristal se quiebre por el calor de la visión. Sin ese contrapeso hedonista, la revelación se convierte en patología, el éxtasis en agonía y el genio en un mártir desolado que, habiendo comprendido los secretos de las estrellas o de los cielos, termina por olvidar cómo habitar su propio cuerpo. La irrupción de lo absoluto en la psique humana no es un evento pacífico, sino una deflagración que amenaza con desarticular la estructura misma de nuestra identidad. Cuando hablamos de revelación (ya sea bajo el nombre de Dios, de verdad científica o de esa fuerza gravitacional que llamamos amor romántico) nos referimos a una energía de alto voltaje que el sistema nervioso humano no está diseñado para procesar en estado puro. La historia de la cultura es, en gran medida, la crónica de estos incendios individuales. Estos arquitectos del pensamiento no solo alcanzaron cimas intelectuales, sino que fueron víctimas colaterales de sus propios descubrimientos. El aislamiento que sufrieron no fue una elección casual, sino la consecuencia de una mente que, al intentar descifrar el código fuente del universo, se vuelve incompatible con la frecuencia de la vida ordinaria. Esa “rotura” que se percibe en sus biografías es el resultado de una luz que, al no encontrar un filtro adecuado, termina por calcinar el recipiente. La revelación divina o cosmológica actúa con la misma violencia que una pasión amorosa desmedida porque ambas exigen una rendición total. Al igual que el enamorado se pierde en el otro hasta borrar los límites de su propio yo, el místico o el genio científico se funden con su objeto de estudio hasta que la realidad cotidiana les resulta un ruido insoportable. San Juan de la Cruz describía este proceso como una “noche oscura” (un despojo de todo lo humano para poder ser llenado por lo divino). Pero ese despojo deja cicatrices que el mundo exterior lee como locura o misantropía. Es aquí donde el concepto de placer adquiere una dimensión terapéutica y protectora. El placer, a menudo despreciado por las religiones y las academias como algo trivial o pecaminoso, es en realidad la “toma de tierra” indispensable para que el rayo de la inspiración no nos destruya. La captación de la inspiración de Dios (entendida como ese flujo de creatividad y entendimiento superior) necesita el contrapeso de la satisfacción sensorial para que la inmensidad de lo percibido no evapore la humanidad del individuo. Cuando Santa Teresa de Jesús hablaba de ese dardo que le atravesaba las entrañas, no separaba el dolor de la revelación de un deleite que rozaba lo erótico. Ella entendía, quizá de forma instintiva, que sin ese componente de placer el alma simplemente se desintegraría bajo la presión de lo inmenso. El placer es lo que nos devuelve al cuerpo, lo que nos recuerda que somos seres de carne y hueso mientras intentamos pensar pensamientos de ángeles o de gigantes. La desolación de los grandes genios y santos suele radicar en la pérdida de este equilibrio. Al entregarse a la revelación sin el cuidado del placer y la conexión terrenal, terminan habitando un desierto de abstracción. La revelación debe ser domesticada por el bienestar, por el deleite de los sentidos y por la belleza de lo pequeño, para que el ser humano pueda mirar al sol sin quedarse ciego.