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La canción despliega, desde sus primeros versos, una poética de negación que funciona menos como indiferencia y más como resistencia. El reiterado “No me importa” no sugiere apatía, sino un intento de despojar de poder a aquello que amenaza con desbordar al hablante. Los “signos de la noche” que caen “como ceniza sobre mi pecho” inauguran una atmósfera apocalíptica e íntima a la vez: la noche no es solo un paisaje, sino una sustancia que se deposita sobre el cuerpo, como residuo de una combustión anterior, como memoria de algo que ardió y dejó ruinas. La imaginería insiste en lo luminoso que hiere: el “enigma luminoso”, la “chispa que se hace nudo en la mirada”, las “estrellas en el desierto”. La luz, tradicionalmente asociada con revelación o esperanza, aquí se vuelve problemática: es nudo, es polvo, es deseo frustrado. Cada estrella es “deseo de oasis” que al tocarse se desintegra. El anhelo se revela ilusorio; la promesa se convierte en materia estéril entre los dedos. Así, el desierto no es solo geografía sino condición existencial: vastedad, sed, espejismo. El miedo aparece como “flor en el vacío temblando en nada”, una imagen delicada y frágil que contrasta con la aridez dominante. Esa flor no tiene tierra donde arraigar; tiembla suspendida en la nada. Del mismo modo, el lenguaje mismo se fractura: “No me importa el nombre de la nada / si al decirlo / se me agrieta la voz.” Nombrar lo vacío implica desgarrarse. El horizonte, que debería abrir el espacio, “se encoge en la garganta”: el afuera se vuelve adentro, la vastedad se internaliza como asfixia. El desierto infinito termina por alojarse en el sujeto: “lo llevo dentro / como lengua de fuego que no se apaga.” Ya no es entorno sino incendio interior. Esta interiorización transforma el conflicto en algo más complejo: no se trata de escapar del paisaje, sino de convivir con una sequía ardiente que arde en lo íntimo. Incluso las fuerzas abstractas —“la voluntad o el azar”— aparecen como titiriteros que “tiran de los hilos de un cuerpo cansado”. La imagen de “cometas sin dueño” sugiere movimiento sin dirección, energía sin guía, belleza condenada a perderse en la oscuridad. La pregunta “quién descansa, quién se salva” introduce un tono casi escatológico. En ese desierto donde cada estrella es sed, no hay redención clara; todo arde en el mismo deseo insatisfecho. Sin embargo, el giro final modifica sutilmente la perspectiva. Si en las primeras estrofas el hablante intenta desactivar el poder de lo externo, en las últimas afirma una fuerza interna: “No me importa el eco funerario… Si este tambor late más fuerte.” El corazón —tambor vital— se impone al eco de muerte. El “mapa de la noche” deja de ser necesario cuando “mi pulso marca la ruta.” El cierre, con su insistencia rítmica —“Paso a paso. Golpe a golpe”— sustituye el espejismo por el movimiento concreto. Frente al cosmos indiferente, al desierto interior y a las fuerzas que manipulan, el hablante encuentra una forma mínima pero firme de soberanía: el ritmo propio, la persistencia corporal. La canción, en su conjunto, explora la tensión entre el vacío exterior y la sequía interior, pero concluye afirmando que, aun en medio de la nada ardiente, el latido puede erigirse como brújula.