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Música: Micrologus (Grabado en directo en la Basilica di San Vitale en Ravenna el 15/07/ 2005, durante el Ravenna Festival) Esta es cómo Santa María libró a un ermitaño suyo de ser prisionero de unos moros que lo llevaban a alta mar, y no se pudieron ir mientras no lo dejaron. "Quien trabaja por hacer mal a los siervos de la Virgen, no quiera Ella que esto les valga nada." De esto diré un milagro que una vez demostró la Santa Virgen bienaventurada, por un conde de Alemania que había dejado su tierra y se fue a morar en Portugal, encima de una ermita, cerca de la salada agua del mar, donde creyó vivir sin complicaciones. Fue éste el conde Abrán, de muy santa vida, e hizo gran penitencia en aquella ermita, sirviendo a Santa María, la Señora cumplida de todo bien, que guarece a los suyos, porque su merced nunca falta a cuantos bien la sirvieren, así es, sin duda. Aquel santo hombre vivía allí apartado, nunca comía carne, y de pan ni un bocado, salvo que fuese mezclado con ceniza, y ya de beber vino, ni pensarlo; pero algunas veces cogía pescado que daba gratis, sin coger de dinero ni una migaja. Y, aunque alguien por esto quería darle dineros o algunos presentes, no sólo no los tomaba, sino que hacía preparar comida, con lo que era de comer, para las gentes que allí venían en romería, porque él los convidaba y los recibía y les preparaba la mesa con blancos manteles. Tal vida haciendo, en aquella montaña, y cuando estaba pescando, como era su costumbre, llegaron allí navíos de moros, gente que vinieron de Africa, para atacar España, y lo prendieron en seguida y, con muy gran saña, dieron con él en el navío, ¡desde ahora, Dios te valga! Y cuando lo hubieron hecho, movieron gran guerra, robando en el mar cuanto hallaban, y saltando a tierra y quisieran llevárselo todo. Mas la que no yerra en socorrer a los amigos ni les cierra las puertas, hizo que no pudieran alejarse de la sierra, que el buen viento, no les valió una paja, aunque movían de recio, con las velas alzadas; y cuando, de noche, se habían alejado de la peña, a la mañana ya se habían vuelto a allí; esto sucedió tres noches a los malhadados. Y cuando tal vieron, fueron espantados, y llamaron a Mahoma, al hijo de Abdallah. Pero el almirante de los moros era hombre sesudo, y se acordó del hombre aquel que había echado en la bodega de la galera y allí escondido lo tenía, y pensó que por éste estaba el caso perdido, y dijo: "Amigos, loco es quien contradiga a Dios." Y mandó sacarlo afuera, y le puso delante oro, y planta, y paños de seda, y otros de escarlata, y mandó que los tomase, como de súbito, diciéndole: "Lo que te agrade, cógetelo todo." Pero él de estó no cogió nada, y bien como quien aprecia lo poco, cogió un vidrio de muy bella talla. El almirante entonces le preguntó quién era, y por qué había escogido aquel vidrio. Y él les contó entonces la vida que había llevado, desde que viniera a habitar en aquella ermita, pero que le agradaba mucho tomar aquel vidrio, y que, de lo demás, no tomaría nada. Y ellos, cuando esto oyeron, lo llevaron a aquel mismo lugar donde lo habían prendido, y le dijeron que no hubiese miedo. Tan pronto alzaron sus velas, y tuvieron buen viento, siguieron su ruta, que no se detuvieron, haciendo las ondas, por medio, como una navaja. Estas nuevas, por la tierra fueron muy sonadas y se juntaron allí gentes de todas partes, y fueron dadas loores a Santa María; pero al conde Abrán lo hallaron luego muchas veces los moros que venían en sus correrías, con barcos armados, y no le hicieron mal; tanta fue su ventaja.