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Hay músicas que se cantan con la voz, y otras que se entonan desde el alma. Jatun Runakay, cuyo nombre en kichwa significa “Soy el gran ser humano”, es mucho más que un grupo musical ecuatoriano: es un acto de resistencia cultural, un abrazo sonoro entre generaciones, y un espacio donde la música se vuelve una forma de vivir, de recordar, de transformar. Nacido en 2011 en la Escuela Politécnica Nacional de Quito, Jatun Runakay surgió entre cuadernos universitarios, sueños colectivos y guitarras nocturnas. Desde entonces, ha sido un laboratorio de afectos, ritmos, y memorias, donde sus integrantes han sabido entretejer sus raíces andinas con un presente sonoro en constante movimiento. Pablo “Apurimak” Pozo, Kevin Cruz y Kléver Cubi conforman hoy el corazón de esta agrupación, pero cada paso del camino ha sido acompañado por decenas de hermanos musicales que, como semillas, han dejado huella. La esencia de Jatun Runakay es clara: rescatar la música que heredamos de los abuelos, y con ella despertar en el oyente no solo emociones, sino también preguntas, afectos, y una identidad que no se deja silenciar. Ritmos como el sanjuanito, el albazo, la saya o el huayno no son para ellos solo géneros, sino formas de contar la vida desde los Andes, con su nostalgia, su resistencia y su poesía. Cada nota que interpretan está impregnada de humanidad. Sus canciones, muchas de ellas propias, brotan de experiencias reales: de los trenes que llevan sueños, del encierro compartido en pandemia, del amor perdido en las villitas andinas, de las luchas sociales, del deseo de correr hacia la libertad. "Déjame recibir el fin del mundo contigo…", dicen en Tukuy Pacha, con esa ternura que nace cuando la música se convierte en refugio. Su visión, profundamente humana, comprende que la música no es adorno, es camino. Por eso, han hecho de cada concierto —desde los escenarios europeos hasta las esquinas de La Ronda quiteña— una experiencia viva. Tocan en cafés, festivales, radios comunitarias, y en celebraciones donde lo importante no es la fama, sino el encuentro. Jatun Runakay entiende que hacer música es también hacer comunidad. Cada ensayo, cada presentación, es una celebración de lo colectivo. Porque más allá de la técnica y el talento (que los tienen de sobra), su mayor fuerza radica en el respeto por el otro, en la escucha profunda y en la voluntad de crear desde la memoria, pero sin dejar de mirar al futuro. En su historia hay viajes, reconocimientos, discos, y una discografía que crece con paso firme. Pero sobre todo hay algo inquebrantable: el compromiso con la vida a través de la música. Una música que no busca competir, sino compartir; no pretende imponer, sino emocionar. Hoy, en un mundo que a veces olvida lo esencial, Jatun Runakay nos recuerda que ser grandes seres humanos es también cantar lo que somos, bailar nuestras raíces y cuidar esa llama invisible que arde en cada melodía. Como bien dicen ellos, “un pueblo sin música, sin danza, sin identidad… muerto está”.