У нас вы можете посмотреть бесплатно El valor de los valores (¡el auténtico rey Midas!) или скачать в максимальном доступном качестве, видео которое было загружено на ютуб. Для загрузки выберите вариант из формы ниже:
Если кнопки скачивания не
загрузились
НАЖМИТЕ ЗДЕСЬ или обновите страницу
Если возникают проблемы со скачиванием видео, пожалуйста напишите в поддержку по адресу внизу
страницы.
Спасибо за использование сервиса ClipSaver.ru
EL VALOR DE LOS VALORES (EL AUTÉNTICO REY MIDAS) Para ser un hombre o una mujer de una pieza, hay que contar y vivir una adecuada escala de valores. Para lograrlo, hay que descubrir el valor fundamentalísimo que confiere su valor al resto de los valores. «¿Cuál es ese gran valor?» ¿Existe algo de lo que cabría afirmar con verdad que es lo único que de veras importa en esta vida? Ahí residiría el valor de todos los valores. En términos clásicos: «¿Para qué estamos en el mundo?; ¿cuál es el sentido de mi paso por la tierra?» El rey Midas tenía muy clara la respuesta: para atesorar más y más oro. Pero sabemos los problemas de esta opción. Para amar, para aprender a amar A mi parecer, «hemos venido a este mundo para amar», «para aprender amar». ¡Y para nada más! Juan Pablo II: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano». San Juan de la Cruz: al atardecer se nos examinará en el amor ¡solo en el amor! El amor, y no el oro, otorga su valor a todo lo que hacemos. Solo el amor es capaz de lograrlo. La gran oportunidad La vida no es tanto la “prueba”, sino la gran oportunidad para aprender a amar, de modo que vayamos siendo más y más felices en este mundo y, al término, habiendo dilatado las fronteras de nuestro corazón, nos “quepa” más Dios en el alma y seamos más felices por toda la eternidad. Otras consecuencias: negativas y afirmativas. En negativo Negativamente: todo lo que no convirtamos en amor, es inútil o dañino: nada aporta a la cuenta final de resultados, es como si no lo hubiéramos hecho. En positivo Todo lo que hemos de hacer en esta vida se resume en dos líneas convergentes, que se entrecruzan: 1) Amar más y mejor a quienes tenemos que amar. 2) Transformar en amor todo lo que hacemos. Más y mejor Tenemos que amar a todas las personas, pero ordenadamente. Y como los vínculos de la libertad son superiores a los de la sangre, para quienes estamos casados el primer y más relevante “término” de nuestro amor es siempre nuestro cónyuge. A continuación, el resto de la familia, los amigos, los colegas, los vecinos… cualquier ser humano. ¿Todo transformado en amor? Sin duda, el amor goza del poder de transformar en amor todo lo que “toca”: sonreír en un momento de cansancio, atender a un hijo que pide una explicación, seguir trabajando, cuando nos vence el cansancio: auténticos acto de amor… Todo… ¡lo legítimo! El amor puede transformar en amor todo lo que toca, con la condición de que sea bueno, legítimo. No, lo no-legítimo. Dentro ya de lo legítimo, no todo se sitúa igual bajo los dominios del amor. El descanso, por ejemplo, puede y debe ser transformado en amor, buscando, al descansar, el bien de los demás. Y lo mismo el deporte, la comida y la bebida, los paseos… todo lo legítimo. ¿Todo-todo? Existen dos realidades, del todo lícitas, que no pueden ser transformadas en amor: el trabajo y la sexualidad. Pero no pueden convertirse en amor, porque ya por su propia naturaleza son amor: cuando no las realizamos por amor, las desnaturalizamos. La sexualidad y el trabajo serían, dos excepciones… “por exceso: no pueden transformarse en amor… justo porque ya lo son. La sexualidad La sexualidad es un medio maravilloso para despertar, consolidar, desarrollar, madurar, hacer fecundo, “reparar” o “recuperar”… el amor entre un varón y una mujer. Ejercida de acuerdo con su naturaleza constituye un medio de un alcance excepcional para crecer como personas. Al margen del amor se desnaturaliza, se prostituye, y en lugar de perfeccionar, des-hace: la corrupción de lo óptimo es pésima. ¿Y el trabajo? Es, por su misma naturaleza, amor: “el incógnito del amor” (Grimaldi). Aristóteles: amar es “querer el bien para otro”, lo más eficazmente posible: “construir” esos bienes y otorgárselos al amado. Trabajar no es sino confeccionar bienes para otros…: amar de un modo eficacísimo, que no se queda en los meros deseos. Ningún trabajo se justifica solo por las ganancias económicas: tiene que generar un beneficio real para sus destinatarios: de lo contrario, no debería ser realizado. Al contrario, si trabajamos bien, dejamos lo mejor de nuestra persona en el producto de nuestro trabajo y lo ofrecemos a quienes se benefician de él (sin que sepan de ordinario de quién procede: “incógnito”); nos entregamos a nosotros mismos en el producto de nuestra labor. De ahí, el tremendo poder perfeccionador del trabajo, su enorme capacidad de perfeccionar al hombre y, en el plano sobrenatural, de santificarlo. Y la descomunal paradoja que lo acompaña: realizado bien, pero al margen del amor, destroza y frustra. Más, cuanto mayor sea la perfección técnica: “tendría” que haberme hecho crecer enormemente, pero, al meter por medio el ego, me deshace. Conclusión: el amor, y solo el amor, da valor a todos nuestros actos; es el valor de los valores.