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Salí con un chico que conocí en internet durante dos años. Todo iba bien hasta que se enteró que llevo 6 años de casada. Por alguna razón se enojó, no tiene sentido, él nunca me preguntó. Lo peor no fue que me gritara en el hotel, ni siquiera que me llamara mentirosa con esa cara de juez barato. Lo peor fue verlo con mi iPad en la mano, respirando como toro, pasando pantalla tras pantalla como si mi vida le perteneciera. Y yo ahí, con la bata medio abierta, escuchando cómo se le rompía el ego a alguien que no sabía ni lo que había firmado conmigo. Si quieren entender por qué me negué a aceptar ese show y lo saqué a patadas, tengo que explicarles cómo llegamos a ese punto. Esteban, mi esposo, y yo llevamos seis años casados, pero no de esos matrimonios de película donde la gente se mira y se elige todos los días, sino de esos donde te eliges porque es práctico. Vivimos bajo el mismo techo con un orden impecable, casi administrativo, como si fuéramos compañeros de piso con un contrato emocional mínimo. Él siempre ha sido correcto, puntual, predecible, y hay gente que confunde eso con “buen esposo”, pero a mí me parecía más bien una pared bien pintada. Teníamos rutinas exactas, comidas sin sorpresa, conversaciones cortas sobre cosas domésticas, y una especie de pacto silencioso de no meternos demasiado en la vida del otro. Si yo llegaba tarde, él no preguntaba, si él se encerraba con sus cosas, yo tampoco. Esa fue nuestra estabilidad. Nos conocimos antes de casarnos cuando yo todavía creía que la calma era lo mismo que el amor. Esteban era el tipo que no te hacía drama, que no te celaba, que no te pedía explicaciones, y eso se siente como descanso cuando vienes de relaciones intensas. En las primeras citas me hablaba de planes concretos, de ahorros, de cómo le gustaba tener todo “en orden”, y yo lo interpreté como madurez. Con el tiempo me di cuenta de que su “orden” era una forma elegante de no involucrarse demasiado. Nunca fue malo conmigo, y eso es precisamente el problema: era tan neutral que yo a veces dudaba de si me veía. A la gente le encanta romantizar la rutina, pero no viven dentro de ella. Una cosa es decir “qué bonito tener estabilidad” y otra es despertarte todos los días con alguien que ya te conoce tanto que dejó de mirarte. 0:00 Historia principal 8:20 Comentarios de la historia principal 9:18 Actualización 1 16:36 Comentarios de la actualización 1 17:40 Actualización 2 25:26 Comentarios de la actualización 2 26:33 Actualización 3 32:47 Comentarios de la actualización 3