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Allí viene la Melba. Señora bella, elegante, con la gracia de una gaviota a punto de alzar vuelo. Allí viene con sus ojos, donde asoman sombras dulces de azul y miel. Frente en alto, nariz erguida; la adornan las gracias de todo el que alguna vez posó los ojos en ella. Allí viene, fuerte, enraizada como roble antiguo, siempre llena de vida. No se inmuta; sin embargo, sus ramas y hojas bailan con la música, susurrando entre ellas dulces melodías y operetas, porque así habita la vida. Suave con el arte, el viento y sus historias; pero dura ante la vida. —“Allá viene la Melba”—decía él, y su cara se iluminaba con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos cambiaban de tamaño con la emoción; la veneraba sin palabras. “Me enamoré de ella apenas la vi; ‘qué mujer más bella’, pensé. Y no dudé: me casé con ella.” Era la historia que volvía siempre, como canción que nunca se olvida, con la misma emoción cada vez. Creo en el amor porque lo vi en sus ojos todos los días, hasta el último de sus suspiros. Y hoy, mi abuelo aún se sienta en ese sillón… a esperarla. Allá viene la Melba, mito de mujer. Quien aspire a encontrar un ejemplo de fuerza y coraje, la encontrará a ella en primera página… Pues ella es capaz de sostener el mundo… ella es leyenda. Tras cada sonrisa, tras cada carcajada, descansan universos enteros de historias que solo ella conoce… Pero allí viene, con lágrimas de risa brillando en sus ojos, porque así es ella: intensa incluso en lo más mínimo. Si tuviera que escoger un sonido que me llene de gozo, sería ese: su risa, chispa viva que me recuerda que, incluso en la tormenta, hay luz; que basta dejarse llevar por el momento. Tardeadas y escapadas juntas, novelas que acaban con el refrigerador vacío, música a todo volumen en el carro —óperas que nos hacen abrir los brazos al viento, canciones alegres que nos levantan los pies del suelo—, y cada bocado de la vida que nos devoramos con ganas, como quien no quiere que se acabe nunca. Pero, sobre todo, un abrazo. Un hombro firme, que no se rinde jamás, aun cuando todo se tambalea, aún cuando no coincidimos. —“¡Allá viene… cómo quiere a sus niños! Son sus ojos de la cara”—dicen, riendo. —“Que el viento se lleve todo, pero que no los toque a ellos.” Pero si vieran cómo se le dilatan las pupilas cuando llegan sus niñas… su corazón no logra traducir el sentimiento en palabras. Solo se queda en eterna adoración, en contemplación. Su vida late dentro y se extiende a su alrededor: en todos los seres que ha sostenido y amado, en los que aún la acompañan… como un fuego que nunca se apaga. “Si tan solo tuviéramos más tiempo… si tan solo el amor se diera en vida y a manos llenas… si tan solo… no esperáramos a ver el sillón vacío.” pienso yo, en silencio. Allí está la Melba. Los perri-nietos la rodean; saben que es fuente de amor incondicional, de abrigo y cariño, de paz y sosiego cuando nadie escucha, y que siempre tiene a mano algún manjar prohibido cuando nadie está mirando. —“El Padrino”—le dicen… “La Doña” Amor cansado, desvelado, marcado por sudor y vigilia. —“Yo me hice toda para darles todo…” —me dice su mirada. Amor que se deja la piel. Amor palpable. Amor que se supera, que quema y trabaja sin pausa… todo para proteger a sus niños y niñas. Y también sus niet@s. No nacemos perfectos; nos equivocamos, y caemos… pero al final, lo que permanece es lo más importante: el amor con el que se tejen nuestras historias. Somos lección de vida, aprendizaje, caminos de crecimiento… pero amor al fin y al cabo. Del fuerte. Del firme. Acá viene la Mita… Mientras te sostenemos y nos caemos entre las olas, veo ese mismo azul con miel que se enciende, ahogando al miedo, y te reconozco otra vez como esa mujer que fue: mi hombro, mi abrazo, mi cómplice de vagancias y tantas veces un refugio. Es un lazo tan poderoso que muchos no podrían comprender, aun cuando a veces se duerme y no se siente. Mientras flotamos, noto tu fragilidad al ayudarte a mojar el pelo; y veo cómo dentro tuyo sigue en pie un árbol milenario, hecho de historias y tragedias, de lágrimas y silencios, de risas y esperanza, de lucha y dignidad, de miedos y aventuras, y una pasión intacta por la vida. Allá viene mi Mita. Y aunque me quede corta, le dejo este pequeño homenaje a lo que ha sido su vida a través de mis ojos: llena de travesías, golpes… pero también de mucho amor, fe firme, victorias y bondad desmedida a pesar de todo. Aún se asoma en su mirada la ilusión de una niña, de una muchacha con mundo por descubrir y sueños por alcanzar. La historia no termina aquí… no termina para ella. Mujer, madre, abuela, bisabuela… y tantas formas de ser hogar que la lista se desborda. Te inmortalizo en mis líneas, así como vos te has inmortalizado en mi corazón y en el de cada uno al que le has tocado la vida. Gracias por todo lo que has sido, y por el hogar que seguís siendo. Te aplaudo, te honro y te abrazo con el alma.