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¿El miedo nos está robando la vida buena? En el nuevo capítulo de La Fórmula, con el filósofo Diego Garrocho, exploramos cómo gestionar los temores que nos paralizan, educar el deseo en tiempos de prisa y recuperar el valor de la comunidad, la nostalgia y hasta la normalidad. Hablamos de Aristóteles y la virtud que “rinde”, del auge del estoicismo, de por qué el corto plazo se volvió una trampa y de una práctica tan simple como transformadora: 30 minutos de silencio al día. Un episodio para repensar el presente, soltar miedos innecesarios y acercarse a una vida con más sentido, lucidez y vínculos reales. Capítulos: 0:00 Diego Garrocho en La Fórmula 0:58 La puerta a la filosofía 2:30 Las preguntas que nos hacemos 04:52 La gestión del miedo 10:37 Nadie nos enseñó a olvidar: la receta de la felicidad 13:31 La sociedad egoísta 20:28 El equilibrio entre el deseo y el estar satisfecho 22:54 Qué es una familia normal 25:03 El sueño de ser millonario 29:24 La nostalgia del pasado 36:40 Silencio consciente 🎙 Conducido por Mili Hadad 📺 YouTube: / @laformulapod 📸 Instagram: / laformula.pod 🎧 Spotify: / La Fórmula Podcast 🎵 TikTok: / laformulapodcast Diego Garrocho —filósofo, escritor y profesor universitario— entra a fondo en preguntas que todos evitamos: ¿cómo se vive sin miedo?, ¿qué es la vida buena?, ¿cómo educamos el deseo en una época de gratificación inmediata?, ¿se puede ser nostálgico sin sufrir? En esta conversación directa y sin promesas fáciles, Diego sostiene que el bienestar empieza en el autoconocimiento y en la valentía de formular respuestas (siempre discutibles) a las grandes preguntas. Su tesis central es potente: gran parte de nuestro malestar nace del miedo, muchas veces a escenarios que jamás suceden; entrenar la mente para reconocer patrones de temor y anticipar lo inevitable —como el duelo— amortigua el golpe cuando llega. Hablamos de memento mori y de por qué pensar cada día en la muerte no es tétrico, sino un gesto de lucidez que ordena prioridades. Diego confiesa algo contraintuitivo: “no tengo miedo a mi muerte”; lo que sí le preocupa es la responsabilidad con los otros. Desde allí pasamos a la trascendencia y la vocación: dedicar la vida a algo con sentido —enseñar ética y filosofía política, en su caso— genera bienestar porque orienta el presente a objetivos a largo plazo (5, 10, 30 años), un horizonte que el mundo acelerado nos roba. La charla también desnuda el costo del individualismo y la gratificación instantánea: si todo se resuelve “a un clic”, perdemos los vínculos no elegidos que fundan comunidad. Recuperar lo comunitario —familia funcional, amistades antiguas, pertenencia— no es conservadurismo vacío: es reconocer que “no podemos ser felices en una ciudad de infelices”, como diría Platón. ¿Qué es una vida normal? No perfección: un refugio “con los agujeros suficientes” para ser soportable, donde el perdón y la paciencia conviven con la frustración realista. Diego defiende una nostalgia bien llevada: aceptar que idealizamos el pasado sin convertirlo en prisión. Guardar memoria material, volver a los lugares de infancia, reconocerse depositario de una tradición que custodias y transmites. La universidad, dice, existe también para guardar fuegos: conocimiento que otros encendieron antes. Para cerrar, deja un consejo práctico (y ambicioso): media hora de silencio consciente cada día. Sin móvil, sin pantallas, sin “minutos de la basura” antes de dormir. Pensar de verdad: lo que duele, lo que ilusiona, lo que importa. En ese desván mental aparecen monstruos y tesoros, pero vivir una vida examinada vale el riesgo. Si te interesan filosofía aplicada, felicidad, miedo, nostalgia, vocación y comunidad, este episodio es para vos. Y si te sirve, compartilo: mejorar nuestra vida también es mejorar la de los demás.