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9. Acoger las diferencias… ¡generar felicidad! (Cómo asegurar una educación eficaz) Junto a las cualidades, limitaciones y defectos, existe una cuarta realidad que goza de muy particular importancia en educación y, en general, en toda la vida de familia: conyugal y familiar. Aun no siendo ni limitaciones ni defectos, las diferencias plantean ciertos pro-blemas de convivencia. La dificultad estriba en llegar a un solo acuerdo, cuando existen, como en toda familia, modos de ser, preferencias, opiniones muy diversas e incluso contrarias. En la familia, las normales diferencias entre los seres humanos se agrandan y agravan porque la convivencia entre sus miembros es continua y estrecha. Las diferencias plantean dos dificultades relacionadas: a) ponen en peligro el propio yo y el mundo relacionado con él; b) dificulta el llegar a una sola solu-ción, a la hora de actuar, elegir, priorizar, etc.: precisamente porque hay modos de ser, actitudes, opiniones… que son incompatibles entre sí, y no es fácil que uno dé su brazo a torcer. Las diferencias entre los cónyuges pueden ser, para lo que aquí nos interesa, de dos tipos: a) diferencias generales entre ellos; b) diferencias en lo que atañe a la educación de sus hijos (que son los que ahora más no atañen) A la hora de permitir o prohibir algo a un hijo, es muy conveniente buscar el acuerdo entre los cónyuge: ese debería ser el punto de partida. En principio, cada uno de los cónyuges debería confirmar, ante los hijos, el pa-recer del otro (aunque luego, a solas, puedan poner de manifiesto su distinto modo de entender la cuestión, hasta llegar a un acuerdo… que habrá que co-municar al hijo, si es contrario al que primero se le dio). En el mismo sentido, es oportuno no discutir ni llevarse acaloradamente la con-traria delante de los hijos: ellos lo interpretan como falta de amor recíproco. De ordinario, las soluciones de los padres, cuando son distintas, suelen tener ambas sus ventajas y sus inconvenientes: lo que nos impide adoptar la solución del otro / la otra, suele ser nuestro yo sobrevalorado. Los hijos distintos (es decir, todos) requieren un modo de ser educados tam-bién distintos, en función de su particular modo de ser y sus específicas cir-cunstancias. Para educarlos con eficacia, los padres deben conocer muy bien a sus hijos, con sus concretas particularidades, positivas y negativas. Cuando el modo de ser de un hijo es muy distinto o contrario al de su padre o su madre, estos deben esforzarse por respetar cuanto hay de positivo en el modo de ser del hijo y fomentar aquellas actividades que lo enriquecen, sin dejarse dominar por sus propias preferencias.