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Mi novio me terminó solo porque le fui infiel. No le importó lo mucho que lo amo y no quiso volver conmigo. Yo pasé días llorando sin salir de la habitación, hasta que llegó mi mejor amiga y dijo “él se lo pierde”. Creo que tiene razón, así que se lo voy a demostrar No sé qué es peor: que me haya echado a la calle como si fuera basura, o que lo haya hecho con esa calma fría de hombre que se cree “maduro”. Todavía siento el golpe de la puerta en el pecho y el eco de su voz diciéndome que me vaya, como si tres años se pudieran barrer con un “ya está”. Y lo más absurdo es que yo soy la que terminó llorando en un hotel, mientras él se hacía el digno. Si quieres entender cómo llegamos a esto, te lo voy a explicar desde el principio. Santiago, mi novio, era de esos hombres que te hacen sentir que la vida es fácil cuando estás con ellos, y no porque fueran perfectos, sino porque se encargan de que el mundo no te toque. Lo conocí en un festival de música, de esos donde nadie se escucha pero todos se miran, y él apareció como si supiera exactamente qué hacer conmigo desde el primer minuto. Tenía esa forma de actuar como si todo estuviera bajo control, como si el caos fuera algo que se arregla con una llamada y una sonrisa. Yo estaba con amigas, con brillo en los ojos por el alcohol y la música, y él se ofreció a conseguirnos agua, comida, lo que sea, sin pedirme nada a cambio. Eso, para mí, siempre ha sido el verdadero romance: alguien que resuelve sin preguntar demasiado. Me acuerdo que esa noche me sostuvo la cintura para que no me perdiera entre la gente, como si yo fuera algo valioso que no podía dejarse caer. Los primeros meses fueron casi insultantes de lo bien que funcionaban, y eso es lo que nadie entiende cuando te juzgan por lo que pasa después. Santiago no era el típico novio intenso que te ahoga con mensajes, era más elegante, más constante, más peligroso porque te acostumbras a su estabilidad como si fuera un derecho adquirido. Si yo decía que quería sushi, aparecía sushi. Si decía que me molestaba una vecina, él encontraba la manera de que ya no me molestara sin que yo tuviera que ensuciarme las manos. Me hacía sentir protegida, y también me hacía sentir un poquito poderosa, porque era obvio que él disfrutaba cuidarme. En redes, mis amigas comentaban “metas de pareja” porque él parecía el hombre perfecto de catálogo: atento, trabajador, discreto, de esos que no te exponen, pero te sostienen. 0:00 Historia principal 10:31 Comentarios de la historia principal 11:43 Actualización 1 19:50 Comentarios de la actualización 1 21:12 Actualización 2 29:22 Comentarios de la actualización 2 30:43 Actualización 3 37:26 Comentarios de la actualización 3