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En el funeral de mi esposo, contraté a una chica para que llore y diga que era su amante, así la familia de el vería que él también me fue infiel. El problema es que llegaron 3 chicas más aparte de la que yo contraté. ¿Cómo se atreve a serme infiel? El cura todavía no había terminado la frase cuando vi esa panza atravesar el pasillo como si viniera con derecho de propiedad. El salón entero giró la cabeza y yo sentí cómo se me caía el luto de la cara, porque mi escena ya no era solo mía. Y ahí entendí que el muerto no solo me abandonó, también me dejó competencia. Yo no soy una mujer cualquiera que se queda llorando en una esquina y ya. Yo sostengo una imagen, una trayectoria, un estándar, y Alberto Rodrigo siempre supo que conmigo se vive con elegancia o no se vive. Nos conocimos en uno de esos eventos donde nadie va por la causa, van por ser vistos, y él llegó con esa sonrisa de “buen hombre” que le abre puertas sin esfuerzo. Yo, en cambio, tenía que trabajar cada mirada, cada saludo, cada gesto medido para que no me encasillaran en la esposa de adorno. A mí me gustaba que él fuera correcto, pero me irritaba que su corrección se volviera espectáculo, como si su bondad fuera un traje que se ponía para que todos aplaudieran. Desde el principio supe que esa popularidad iba a ser un problema, porque la gente siempre necesita un santo que idolatrar y una bruja a quien temerle. Nuestra dinámica siempre tuvo un punto claro: yo cuidaba el marco y él se encargaba de brillar dentro de ese marco, y no me vengan con que eso es superficial. Yo cuidaba las formas porque las formas son el lenguaje de la gente importante. En cada cena benéfica, en cada reunión familiar, yo era la que pensaba en qué se decía, cómo se decía y frente a quién, porque un error se paga con chismes que duran años. Alberto, en cambio, se daba el lujo de ser espontáneo, de reír fuerte, de ayudar a cualquiera, y al final salía con el título de “hombre maravilloso”. A mí me quedaba el papel de la mujer fría, la que mira de arriba abajo, la que no se emociona, como si yo no sintiera nada por dentro. Qué fácil es ser “bueno” cuando no te exigen perfección. La familia de Alberto también contribuía a eso, porque para ellos él era el hijo perfecto que jamás podía equivocarse. 0:00 Historia principal 8:09 Comentarios de la historia principal 9:21 Actualización 1 15:41 Comentarios de la actualización 1 16:46 Actualización 2 22:01 Comentarios de la actualización 2 23:11 Actualización 3 32:21 Comentarios de la actualización 3 33:30 Actualización 4 41:16 Comentarios de la actualización 4