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Los Pichincha: música, memoria y resistencia desde la calle “Los Pichincha” no nacieron en un escenario, nacieron en la calle. Fueron fundados en 2010 por Fabián Velasco Andrade, artista callejero, teatrero y músico independiente, conocido por su personaje “El Hombre Orquesta”, junto a sus cuatro hijos: Jacinto, Moisés, Selva y Toa. La agrupación nació de un momento íntimo y rebelde: al no poder traer el disfraz del Hombre Orquesta desde Lago Agrio, su padre les propuso salir a tocar a La Ronda, improvisando con lo que había, dejando atrás para siempre su personaje solista para iniciar un camino colectivo. Primero se llamaron El Ruco y los Guaguas, más adelante Los Miserables, nombre con el que buscaron reflejar el desencanto social y la dureza del oficio artístico en el espacio público. Finalmente, adoptaron el nombre Los Pichincha, una declaración de origen, identidad y orgullo. Así surgió una banda familiar que, más que tocar música, construye memoria y futuro. Tocaron durante años en el Centro Histórico de Quito, resistiendo no solo el paso del tiempo, sino también el abuso de autoridades que decomisaban sus instrumentos, queriendo callar sus voces. Pero siguieron. Porque como su padre les enseñó, “la música es más fuerte que el silencio impuesto”. La muerte de Fabián, el 13 de mayo de 2014, fue un golpe profundo. Perdieron a su padre, su guía, su inspiración. Pero decidieron transformar el dolor en legado. Desde entonces, “Los Pichincha” han llevado su música a calles, plazas, teatros y festivales, rindiendo homenaje a Fabián a través de canciones, poesía, teatro y el uso de instrumentos reciclados que ellos mismos fabrican, como símbolo de creatividad, memoria ecológica y resistencia. Su propuesta mezcla ritmos ancestrales como el sanjuanito, albazo, yumbo o canto shamánico con géneros como rock, jazz, swing y blues. No hacen fusión por moda, sino por convicción: para demostrar que la cultura popular ecuatoriana es viva, poderosa, y merece sonar fuerte en el presente. “Los Pichincha” no son solo una banda, son un acto de amor familiar convertido en movimiento artístico. Son hijos que decidieron no soltar el legado de su padre, y al hacerlo, están escribiendo el suyo propio, a golpe de tambor, quena, pingullo y dignidad.