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Explicación catequética breve sobre el origen de esta coronilla Antes de comenzar esta coronilla al Espíritu Santo, queremos explicar brevemente de dónde nace esta oración. La devoción al Espíritu Santo es tan antigua como la Iglesia misma. Desde los primeros cristianos, reunidos con María en Pentecostés, la Iglesia ha invocado constantemente al Espíritu Santo para recibir su guía, su fuerza y sus dones. La coronilla al Espíritu Santo, tal como hoy se reza —invocando los siete dones no se atribuye a una sola persona ni a un año exacto, sino que es una oración devocional que fue tomando forma a lo largo del tiempo dentro de la vida de la Iglesia. Sin embargo, su difusión moderna está muy ligada a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, especialmente gracias a la espiritualidad impulsada por la beata Elena Guerra (1835–1914), religiosa italiana conocida como la apóstol del Espíritu Santo. Ella animó fuertemente a la Iglesia a volver a invocar al Espíritu Santo no solo en Pentecostés, sino todos los días. Inspiradas por esta espiritualidad, muchas comunidades y movimientos de oración comenzaron a estructurar oraciones, novenas y coronillas centradas en los siete dones del Espíritu Santo, basadas directamente en la Sagrada Escritura, especialmente en el libro del profeta Isaías y en el acontecimiento de Pentecostés narrado en los Hechos de los Apóstoles. Por eso, al rezar esta coronilla, no seguimos una devoción privada aislada, sino una oración plenamente católica, bíblica y eclesial, que nos une a la tradición viva de la Iglesia y nos dispone a recibir la acción del Espíritu Santo en nuestra vida diaria. Con esta certeza y con fe, nos disponemos ahora a comenzar esta coronilla, pidiendo que el Espíritu Santo venga, nos renueve y haga de nuestro corazón su morada.