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ASIA MARTÍN (Realización, vídeo y montaje) JUAN ANTONIO CARBAJO (Guion y redacción) Quiso el destino meterle en una pelea carcelaria a navajazo limpio en ‘El Pico II’, una película que estuvo seis meses consecutivos en cartel (a veces pasaba eso, sí). Poco antes, más de media España le había visto amenazar con otra navaja al entrañable Chanquete en ‘Verano azul’. Valentín Paredes fue galán o macarra, incluso las dos cosas, hasta el día que se topó con García Lorca en el teatro y pudo demostrar que ese niño crecido en un pueblo perdido de Badajoz había sido alumno aventajado de Paco Valladares. En este documental de #MuchaVidaQueContar que le dedica la Fundación AISGE repasa su trayectoria salpicada de anécdotas: lo que le ocurrió en su primera escena de cama, el piropo que le lanzó Berlanga, los ojos más bonitos que ha mirado, sus conversaciones en el plató con Anthony Perkins o por qué no le quiso Almodóvar. En Manchita, el pueblo de Badajoz donde Valentín Paredes nació en noviembre de 1955, no había agua ni luz en la casas, pero tenía dos cines, de verano y de invierno. Allí surgió el primer hechizo. “Recuerdo mi primera película, el haz de luz de la cabina a la pantalla. Yo dije en alto: quiero salir ahí”, recrea en el vídeo. La familia de Valentín acabó, como tantas en la época, buscando fortuna en Madrid. Pasó la adolescencia en el barrio de Carabanchel, “donde había cines en cada esquina”. “Era la época de la sesión doble y yo no salía de ellos”. “Con 15 o 16 años planteo en casa que quiero ser actor”, cuenta. Su madre, le entiende. Su padre, nada. “Era un hombre de campo, reservado y recto, que en Madrid llegó a tener más de cien de personas a su cargo. Como éramos siete hermanos, dije: Bueno, me pongo a trabajar y me pago mis clases de arte dramático”. Su profesor fue José Franco Pumarega, un actor que estuvo en La Barraca con Federico García Lorca y que rodó un centenar de películas. “Era muy amigo de Paco Valladares, que iba mucho por la escuela, recitaba y nos ensañaba teatro del siglo de oro”, relata. Los cursos terminaban con una representación a la que asistían algunos directores de la época. José Sazatornil, Saza, que solía dirigir e incluso escribir las obras que interpretaba, era uno de ellos. “Me ofreció hacer teatro profesional. Una experiencia increíble, me enseñó lo que hay que hacer y lo que no”. Entre lo que no, estaba alargar escenas innecesariamente. Saza vigilaba entre cajas y chasqueaba los dedos cuando “había que aligerar”. Un debut que sirvió para el cine abriera sus puertas a aquel “galancito”. Y enseguida llegó la primera escena de cama en 'Los pecados de mamá' (1980), donde le pasó —“cosa de la juventud y de la inexperiencia”— lo que ya no le volvió a ocurrir en ningún otro rodaje. Su compañera era María Kosty, que le ayudó a salir del trance. “Mi debut en el teatro fue con ella, mi primera película importante fue con ella, y seguimos manteniendo una amistad de hermanos”. En México, adonde fue a rodar una película con la que ganó su "primer millón de pesetas”, rechazó un contrato con el que pudo haber hecho carrera en los culebrones; prefirió estar cerca de su familia. “Todo el mundo me decía: ahora podrías ser un galán de telenovelas, millonario y con un rancho”. Fue entonces cuando llegó 'El Pico II' (1984), el gran éxito del cine quinqui que firmó Eloy de la Iglesia que le sumergió en un mundo desconocido. Su personaje, El Tejas, remató una popularidad que ya se había disparado tras su paso con Verano Azul, seguramente la serie más repuesta de TVE. “Me llegó de rebote. Buscaban a alguien que diera el físico de navajero. Me llamaron dos días antes de rodar ese capítulo y tenía que viajar a Nerja. Estuve estudiando el personaje toda la noche. La primera escena era un mano a mano con Antonio Ferrandis y por primera vez con sonido directo. Pero se me acabó la preocupación cuando miré a Ferrandis”. Comenta Paredes que aquel episodio lo vieron 25 millones de espectadores. A Antonio Banderas, su sosias, le confundían con él. “Luego cambiaron las tornas, claro”. Un parecido que le truncó una de sus ilusiones, que aún mantiene, trabajar con Pedro Almodóvar: “Se lo pregunté un día y me dijo: ‘Es que tienes el mismo perfil que Antonio, y a mí me gusta mucho Antonio”. Durante el confinamiento, metido en casa, usó la poesía como terapia colectiva. Cada día grababa un poema y lo compartía en sus redes. Por supuesto, estaba Lorca, su compañero de madurez. Tres veces se ha encontrado con él. Tiene la agenda tan repleta que después de casi 50 años de actividad profesional se ha saltado una de sus reglas: no hacer cine y teatro a la vez. “Es que me pone muy nervioso estar rodando y no llegar a las seis al teatro. Tengo mucho respeto al público de teatro”, dice. Ahora se le han juntado media docena de obras y películas. “Estoy en un momento muy dulce”, reconoce. Y sin necesidad de sacar la navaja.