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El frío de enero se colaba por las ventanas mal selladas de la casa Amberleigh como si tuviera permiso para hacerlo. Lucille lo sentía en los dedos cada mañana cuando intentaba escribir en su diario, y lo sentía ahora mientras recogía las cartas del correo matutino con la misma rutina silenciosa de siempre. Tres sobres. Dos para su padre. Uno con el sello de un banco que ella ya reconocía demasiado bien. No lo abrió. No era necesario. Sabía lo que contenía. Dejó los sobres sobre la bandeja de plata en el pasillo y caminó hacia la cocina para hablar con la señora Howell sobre el desayuno. Era un lunes ordinario, o al menos eso intentaba convencerse mientras subía las escaleras con una taza de té que nadie le había pedido pero que sabía que su padre necesitaría. Tenía esa costumbre: anticiparse a las necesidades de todos antes de atender las propias. No era generosidad calculada. Era simplemente la manera en que había aprendido a ocupar espacio en una casa donde siempre había otra persona que lo llenaba mejor. Esa otra persona era Cecile. Lucille y su hermana gemela compartían el mismo rostro desde que nacieron. Los mismos ojos color avellana, la misma curva suave en la comisura de los labios, la misma manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando escuchaban algo que les generaba duda. Pero el mundo siempre había sabido distinguirlas de algún modo inexplicable. Cecile era la que entraba a un salón y hacía que la conversación se detuviera. Lucille era la que sostenía la puerta. No lo decía con amargura. Era simplemente un hecho, tan establecido como el color de las cortinas o el chirrido del tercer escalón. Dejó la taza sobre el escritorio de su padre sin despertarlo y regresó a su habitación. Tenía correspondencia propia que revisar: una carta de su antigua institutriz, otra de una amiga en el campo. Las leyó despacio, sin prisa, sentada junto a la ventana con la luz gris de enero cayendo sobre sus manos. Afuera, el jardín seguía siendo hermoso a pesar del invierno. Era una de las pocas cosas en la casa Amberleigh que todavía funcionaba sin esfuerzo. Fue entonces cuando escuchó la voz de Cecile desde el pasillo. No el contenido, sino el tono. Ese tono particular que su hermana usaba cuando ya había tomado una decisión y solo estaba informando al mundo. Lucille salió al pasillo. Cecile estaba frente a la puerta del cuarto de su padre, con un vestido color crema y el cabello perfectamente recogido, como si hubiera estado esperando una audiencia. Cuando vio a Lucille, no se sorprendió. Simplemente ajustó levemente la posición de sus hombros, algo que en Cecile equivalía a prepararse para una conversación importante. —Papá firmó el acuerdo preliminar con el duque Lockwood —dijo, sin preámbulo. Lucille sintió algo moverse en su pecho. No exactamente sorpresa. Más bien, la confirmación de algo que había intuido durante semanas. —¿Cuándo? —Ayer por la tarde. El señor Grieve vino mientras tú estabas en el mercado. Grieve era el abogado de la familia. Su presencia siempre significaba papeles, y los papeles siempre significaban que la situación había llegado a un punto donde las conversaciones ya no alcanzaban. —¿Y qué implica ese acuerdo? —preguntó Lucille con cuidado...