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El frío de noviembre en Grimwall no era como el frío de otras ciudades. Era un frío que tenía nombre. Que tenía historia. Que se filtraba por las rendijas de las puertas antiguas, por los pasillos de piedra oscura, por las ventanas emplomadas que miraban hacia jardines eternamente grises. Era el tipo de frío que le recordaba a uno, sin necesidad de decir una sola palabra, que en este mundo algunas personas nacían para estar adentro, al calor de la chimenea, y otras nacían para barrer el hollín de ella. Elsbeth Farraday pertenecía, según todos los documentos que llevaba consigo, a ninguna de las dos categorías. Tenía veintidós años, manos finas que había aprendido a hacer parecer callosas, y una manera de bajar la cabeza justo a tiempo — no demasiado rápido, lo que delataría nerviosismo, ni demasiado lento, lo que delataría orgullo. El ángulo perfecto. Lo había practicado frente a un espejo durante semanas antes de cruzar la puerta de servicio de Briarcrest Hall, la mansión más imponente del condado, con una carta de recomendación firmada por una mujer que no existía y un nombre que no era el suyo. Elsbeth Farraday. Así decía la carta. Originaria de Leeds. Sin familia. Sin compromisos. Disponible de inmediato. Todo verdad, excepto el nombre. El nombre real lo había enterrado el mismo día que enterró a su madre, tres meses atrás, en una tumba sin lápida al borde de un campo arrendado que ya no les pertenecía. Ese nombre venía cargado de deudas, de vergüenza, de un padre que había desaparecido con los ahorros de media familia y dejado atrás solo documentos firmados con promesas que nadie podía cumplir. Ese nombre abría puertas, sí — pero eran las puertas equivocadas. Las de los cobradores. Las de los jueces. Las de los hombres que reclamaban lo que nunca fue suyo por derecho, pero sí por papel sellado. Así que ese nombre murió. Y Elsbeth Farraday nació. La primera semana en Briarcrest Hall fue una prueba silenciosa de resistencia. La señora Pratt, el ama de llaves, era una mujer de rostro casi siempre inmóvil y ojos que registraban absolutamente todo, con la frialdad metódica de alguien que había pasado treinta años catalogando el comportamiento humano como si fuera inventario de bodega. No era cruel — era precisa. Y la precisión, descubrió Elsbeth muy rápidamente, podía ser mucho más aterradora que la crueldad abierta. Las tareas eran físicas y repetitivas: encender chimeneas antes del amanecer, cargar agua caliente por escaleras de servicio que crujían como huesos viejos, limpiar habitaciones que nadie usaba, tender camas en las que nunca dormía nadie. La mansión era enorme y, en su mayor parte, completamente vacía. El duque Thaddeus Briarcrest vivía en una fracción mínima de ella — su estudio, su biblioteca, su comedor privado — y el resto permanecía suspendido en una especie de silencio museístico, como si el tiempo no tuviera permiso de avanzar dentro de esos salones cubiertos de retratos y sombras...