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Había en Loxbury un tipo de mañana que no prometía nada bueno. El cielo era ese gris particular de noviembre que no termina de decidirse entre lluvia y niebla, y las calles del distrito bajo olían a carbón mojado y a pan viejo. Era en esas mañanas cuando Theodosia Grimnell se levantaba antes que el sol —si es que el sol se dignaba aparecer— y encendía la única vela que podía permitirse desperdiciar por día. Theodosia tenía manos de costurera. No en el sentido poético de la expresión. Las tenía literalmente: pequeñas marcas de aguja en las yemas de los dedos, callosidades discretas en el borde del índice derecho, y una cicatriz delgada como un hilo en la palma izquierda que databa de cuando tenía doce años y su madre le enseñó que coser bien dolía antes de volverse natural. Ese fue el primer aprendizaje real de su vida. El dolor que precede a la destreza. Era hija de una modista que ya no cosía porque las manos ya no le obedecían, y de un padre que murió dejando más deudas que recuerdos dignos. Tenía un taller pequeño en la calle Ashford, heredado junto con las deudas, los tres tornillos flojos del mostrador y una reputación que apenas alcanzaba para sobrevivir. No era famosa. No era elegante. Pero era precisa, y en el oficio de la costura, la precisión vale más que la fama. Lo que la gente que la conocía decía de Theodosia, generalmente en voz baja y con cierta incomodidad, era que tenía la clase de honestidad que incomoda. No mentía para ser amable. No sonreía cuando no sentía razón para hacerlo. Escuchaba más de lo que hablaba, y cuando hablaba, era con esa cadencia pausada de quien sabe que las palabras pesan y prefiere no desperdiciarlas. Era, en resumen, el tipo de mujer que el mundo victoriano no sabía bien dónde poner. Y entonces llegó la carta. No era la primera vez que Theodosia recibía correspondencia de Ravenshade Manor. Había cosido para la casa del Duque dos veces antes: una vez un juego de chalecos para el mayordomo mayor, y otra, un ajuar de cortinas para una habitación que, según se rumoreaba, nadie usaba ya. Los encargos llegaban a través del ama de llaves, una mujer llamada señora Pembroke, que tenía la expresión permanente de alguien que acaba de morder algo amargo pero que es demasiado educada para escupirlo. Pero esta carta no venía de la señora Pembroke. Venía con el sello del Duque. Theodosia la sostuvo entre los dedos durante un momento demasiado largo antes de abrirla. El papel era grueso, casi ofensivamente caro. La tinta era negra y la letra, angulosa, sin adornos, sin la floritura que los hombres de clase alta solían usar para demostrar que habían tenido buenos tutores. Era la letra de alguien que escribía para comunicar, no para impresionar. Señorita Grimnell: Se requiere su presencia en Ravenshade Manor el próximo martes a las diez de la mañana. El asunto es de naturaleza contractual y de carácter urgente. Traiga sus herramientas. Leopold Ravenshade, Duque de Loxbury. Eso era todo. Ningún "con respeto". Ningún "si le resulta conveniente". Ningún adorno social que suavizara lo que era, en esencia, una orden...