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MICROCRÓNICA UNDERGROUND “LA ESCALERA DE LOS PAJES” En la zona baja del pueblo las cosas huelen distinto. Huelen a aceite viejo, a humedad de piedra, a bares con televisores encendidos sin nadie mirando. Y a esa clase de pasado que no te llama por tu nombre… te llama por tu culpa. Los vi antes de verme. Dos hombres con herramientas que parecían sacadas de un sueño rural y de una película de policías de sobremesa. Uno llevaba una caña de pescar tan larga que parecía preparada para rescatar un cuerpo del fondo del río o para pescar una verdad que nadie quiere mirar. El otro cargaba una escalera de madera, gigantesca, como esas escaleras de los pajes en Alcoy, cuando suben a las casas con regalos en la noche de Reyes. Y yo, claro, hice lo mío: bromear. Como quien enciende una cerilla para que no se le note el temblor. —Mira, mira… —le dije al guardia nuevo enseñándole fotos en el móvil—. Esto es lo más serio que hace un hombre en la vida: subir una escalera para darle a un niño lo que no se compra con dinero. El sargento sonreía con esa sonrisa de autoridad tranquila. Y yo lo miraba como se mira a un juez que aún no ha dictado sentencia. Nos metimos en un bar. Las paredes olían a conversación vieja. Cerveza. Gente que se conoce desde siempre y, por eso mismo, nunca termina de perdonarse. Y entonces apareció él. El ex trabajador. El amigo. El que un día creyó en mí como se cree en un jefe que parece un hermano mayor, hasta que el dinero se volvió polvo y la realidad hizo su trabajo: romper. Me dijo lo del abogado. Me dijo lo de la Seguridad Social. Me dijo “cinco o seis mil euros”. Como quien no pide fortuna, sino oxígeno. Y a mí se me cayó algo dentro. No era el orgullo. Era peor. Era el honor. Me escuché explicándome. Me escuché defendiendo mi historia como si todavía estuviera en un juicio eterno. —Yo fui buen jefe. Yo no me gasté el dinero en tonterías. Yo sufrí. Yo peleé… Yo, yo, yo. La palabra “yo” como escudo. Como casco. Como armadura. Y el guardia me miraba sin odiarme. Sin juzgarme. Solo mirando. Y eso, hermano… eso es lo que más duele: cuando no te atacan, y aun así tú te sientes culpable. Salimos y entramos en un bazar chino. Pero no se podía entrar. El suelo estaba recién fregado. El cartel parecía escrito por el destino: “Cuidado: resbala”. Me salté la valla igual. Porque yo soy así. Porque mi vida ha sido saltar vallas con el alma medio rota y seguir andando por orgullo, por costumbre o por supervivencia. Resbalé un poco. No me caí. El cuerpo avisando sin humillarme. Y detrás de mí entró el guardia civil. Como si la autoridad dejara de ser enemigo y empezara a ser testigo. Vi una estantería de bolígrafos. Bolígrafos. Firmas. Papeles. La palabra escrita. La única forma decente que tiene un hombre de ordenar su historia sin gritar. Y entonces el sueño cambió de escenario, como cambian las cosas importantes. Me vi en mi antiguo restaurante. Apoyado en la barra. Con una bandeja blanca delante. Y ahí, en silencio, sin público, sin explicaciones, sin uniformes… me quité el japamala. Lo miré como se mira una vida entera colgada del cuello. Lo corté. Y empecé a sacar bolita a bolita. Una bolita era el miedo. Otra era la culpa. Otra era la necesidad de quedar bien. Otra era la rabia no dicha. Otra era ese personaje mío que siempre se creyó responsable hasta del clima. Las dejé en la bandeja con cuidado. Como si fueran dientes. Como si fueran años. Y entonces la llamé: —Yaya… Chelo… La voz me salió como sale una oración de verdad: sin religión y sin postureo. Y ella respondió. No sé qué me dijo. No importa. Lo importante es que estaba. Acompañándome. Como cuando yo era pequeño y el mundo era demasiado grande. Y entendí algo, hermano: que al final uno no se despierta cuando se acaba el sueño. Uno se despierta cuando deja de defenderse. Y lo único que necesitaba para soltar el collar entero no era un juez que me absolviera, ni un abogado que lo arreglara, ni dinero, ni explicaciones. Era una abuela que me recordara que antes de ser fuerte… yo era humano. Mantra final: “Hoy suelto una bolita. Mañana otra. Yo no nací para aguantar: nací para vivir.” DAVID KÖEMMN©