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y neta, esa noche todo cambió para Juan. Órale, no era solo un retraso ni una bronca más en la ruta: algo chido, extraño y peligroso se cruzó en su camino, y lo que parecía rutina se volvió un enigma que no podía ignorar. La carretera nunca fue tan silenciosa… ni tan intensa. ¿Te atreves a descubrir qué pasó en esa ruta que nadie olvidará? Regístrate y acompaña a Juan en esta historia chingona. El motor del camión retumbaba en la carretera como un corazón gigante, y Juan Morales lo sentía vibrar hasta en el pecho. La luz del amanecer apenas empezaba a dibujar sombras entre los pinos cuando su mula cruzó un bache que lo hizo dar un respingo. “Pinche camino”, murmuró, ajustando el volante con una mano mientras con la otra buscaba el café en el termo. La niebla matutina le hacía cosquillas en la nuca; no era su primera vez en esta ruta, pero esa sensación de alerta no lo abandonaba nunca. El teléfono sonó de repente, interrumpiendo la cadencia del motor. Juan lo alcanzó con la mano y vio el nombre de Clara en la pantalla. “Órale, neta que no puedo contestar mucho, hija”, dijo mientras descolgaba. —Papá… ¿ya casi llegas? —preguntó Clara, con esa voz mezcla de impaciencia y preocupación que siempre lo desarmaba. —Ahorita voy saliendo de Soria, neta que el tráfico está pesado —respondió él, forzando un tono calmado que no sentía—. ¿Todo bien por allá? —Todo chido… pero mamá me preguntó si no podrías quedarte un poco más… —dijo, y el silencio que siguió lo hizo recordar que hace años ella hubiera estado en la otra línea llorando, pero ahora la distancia era un muro que no sabía cómo saltar. Colgó y miró el espejo lateral: la carretera se extendía gris y húmeda, con las marcas amarillas apenas visibles. Cada curva era un recordatorio de la rutina que lo mantenía vivo y a la vez atrapado: kilómetros y kilómetros de asfalto, cafés baratos, estaciones de gasolina y radios que siempre repetían lo mismo. Su vida se reducía a entregar cargas, seguir el horario, sobrevivir la noche. Un golpe seco contra el chasis lo sobresaltó: una piedra grande, lanzada por un camión que pasaba de largo. Juan apretó los dientes, respiró hondo y murmuró: “Neta, otro día normal… qué chingón”. Giró la cabeza hacia la ventana lateral; el sol comenzaba a filtrarse entre la bruma y el aroma a tierra mojada subió hasta su nariz. Cerró los ojos un segundo y recordó el rostro de Clara, cómo siempre esperaba noticias suyas aunque lo negara. En un parpadeo, su rutina se vio interrumpida por la radio del camión: una alerta de tráfico en la ruta que planeaba seguir. Había un accidente más adelante, bloqueando el paso, y el GPS sugería un desvío largo por un camino que no conocía. Juan frunció el ceño: “Órale… esto no estaba en los planes”. Ajustó el retrovisor, redujo la velocidad y empezó a calcular