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Nació en Jalisco, tierra de valientes, corazón humilde, palabra de frente, se llamaba Chuy, hombre verdadero, de manos callosas y espíritu sincero. Nunca pidió nada, siempre dio de más, ayudó a su gente sin mirar atrás, mil trabajos tuvo pa’ salir adelante, pero en la jardinería fue firme y constante. De joven en San Bernardino lo miraban pasar, en su Trans Am negro, rugiendo, quemando llanta al rodar, subiendo y bajando las calles sin miedo, con sueños bien grandes guardados en el pecho. También en su troca Ford blanca se le vio rifar, una pa’ los sueños, la otra pa’ chambear, dos caminos distintos, el mismo carácter fiel, vivir a su manera, sin deberle a nadie, él es quien es. Fue Chuy un hombre de palabra y honor, jefe de jefes por respeto, no por temor, la vida no es justa y siempre te trata de chingar, pero él nunca dejó que lo pudieran tumbar. Hoy desde el cielo los cuida al pasar, sigue siendo el padre que nunca se va, aunque ya no esté aquí su voz ni su calor, vive para siempre en su sangre y su honor. De pocas palabras, pero sabio al hablar, cuando contaba historias te hacía carcajear, no hablaba de más, no presumía nada, pero su experiencia siempre fue bien contada. Si algo salía mal, sin drama ni prisa, decía: “no pasa nada, nomás es una manchita”, y cuando el mundo pesaba y parecía caer, nunca se oyó a Chuy decir “ya me cansé”. Tuvo una niñez marcada por lucha y dolor, por eso en sus hijos sembró protección, cruzó la frontera buscando un futuro, pa’ darles a ellos un camino más seguro. Cuando se estableció no olvidó el ayer, trajo a sus hermanos, los ayudó a crecer, porque para Chuy la sangre es sagrada, y la familia va primero, pase lo que pasara. Vivió en Moscoy largos años de batalla, donde la vida prueba y el carácter se talla. Entre su rancho y su gente siempre estaba, cuidando su tierra y a los suyos, firme se paraba. Ese día que llegó la ley, todo cambió, pero con la frente en alto, jamás se dobló. Defendiendo a sus cachorros, tirando chingazos, con las balas volando y el corazón en pedazos. Daba la vida entera sin medir los pasos, porque primero los suyos, aunque ardiera el fracaso. No fue culpa de nadie, el destino ya estaba escrito, lo que la vida trae a veces nadie lo ha pedido. Lo mandaron lejos, lo sacaron sin piedad, pero el amor de padre lo hizo regresar. Porque un hombre fuerte jamás abandona, aunque el mundo entero se le ponga en contra. Tal vez no fue perfecto, nadie lo es, como padre hubo errores, eso él lo sabía bien, pero con sus nietos fue puro corazón, risas, consejos y toda su atención. Con ellos bajaba la guardia y el dolor, se le iluminaba el alma, se le notaba el amor, si no fue el mejor padre, lo aceptó sin pena, pero como abuelo dejó huella que nunca se quiebra. Y cuando su tiempo por fin llegó, no se fue en silencio ni se rindió, peleó hasta el final como siempre vivió, pero se fue tranquilo porque bien los crió. Sabía que en sus hijos dejó la verdad, valores, respeto y capacidad, que estarían bien, que sabrían seguir, porque todo lo bueno lo dejó en la raíz. Y a mis hijos les digo, nunca olviden mi voz, si la vida se pone dura, ahí arriba estoy yo. Si algún día ocupan hablar y no sepan qué hacer, miren pa’l cielo despacio, ahí me van a ver. La vida del hombre es dura, no por maldad, te pone pruebas grandes pa’ forjar tu verdad. No es castigo ni desgracia, es lección pa’ aprender, de esos golpes nace el hombre que se sabe sostener. No se rindan, mis muchachos, no aflojen jamás, que el que aguanta y sigue firme siempre llega más atrás. Yo los amo más que todo, eso nunca cambió, aunque no esté en la tierra, mi cuidado aquí quedó. Y ahora, hija, mis ojos, tú siempre me cuidaste, te preocupabas por mí, nunca me soltaste. Desde el cielo ahora me toca a mí, velar por tus pasos y cuidarte a ti. Si algún día dudas o sientes temor, acuérdate que siempre estoy yo. Nunca me he ido, sigo cerca de ti, y cuando quieras volverme a ver, mírame en los ojos de tu hijo, ahí vivo yo, porque un pedazo de mí quedó. Dale el cariño que a mí me faltó,, enséñale el camino, yo lo voy a cuiar. Tiene un corazón bueno, nacido pa’ brillar, lo demás… con los años se va a contar Fue Chuy un hombre de palabra y honor, padre de carácter, corazón protector, la muerte no borra lo que él construyó, porque vive en los suyos todo lo que enseñó. Desde Jalisco hasta el cielo subió su canción, la de un hombre valiente, de puro corazón, su nombre se dice con respeto y razón, las leyendas no mueren, puro sacrificio y amor. Y entre risas, recuerdos y un tragito al brindar, con su Hennessy en mano pa’ volver a recordar, cuando el alma se aprieta y hace falta creer, solo alcen la mirada, que ahí me van a ver. No me busquen lejos ni piensen que me fui, sigo en cada abrazo, sigo junto a ti, y si un día el silencio te quiere vencer, escucha esta voz que vuelve a nacer: “aquí sigo… no estás solo… ten fe"