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Hermano, hermana, escucha bien: no estamos hablando de una devoción opcional, sino de un deber de caridad y justicia. Santa Faustina describe cómo esas almas se consumen en una espera ardiente, sedientas de la presencia de Dios, pero incapaces de alcanzarlo por sí mismas. Su única esperanza en la tierra somos nosotros, los que aún peregrinamos. ¿Te das cuenta de lo grave que es ignorarlas? La Escritura dice: “Es cosa santa y piadosa orar por los difuntos, para que sean liberados de sus pecados” (2 Macabeos 12,45). Pero cuántos cristianos han olvidado este mandato, como si la muerte fuera el final y no un paso. ¿Qué ocurre entonces con esas almas? Permanecen, día tras día de eternidad, purificándose sin alivio, hasta que alguien intercede por ellas. Yo mismo escuché el testimonio de una mujer que, al perder a su esposo, lo encomendó en cada misa, en cada Rosario, en cada obra de misericordia. Años después, tuvo un sueño en el que él le sonrió y le dijo: “Estoy en la luz, gracias a tus oraciones”. ¿Qué habría pasado si ella nunca hubiera rezado? Nadie lo sabe, pero Santa Faustina nos asegura que las almas suplican y que cada oración abre un río de consuelo. ¿Y tú? ¿Has pensado alguna vez que quizá hay alguien de tu propia sangre gimiendo en silencio, esperando una sola Avemaría de tus labios? No ignores este misterio. Lo que parecía solo una tradición es en realidad una urgencia del cielo. Cuando Santa Faustina fue llevada en espíritu a contemplar el purgatorio, no pudo contener el impacto de lo que vio. Ella escribe que percibió un fuego ardiente que no destruía, sino que purificaba, y las almas se consumían en silencio, pero llenas de esperanza en la misericordia. Lo que más la impresionó no fue el dolor en sí mismo, sino el abandono: muchas de esas almas sufrían porque nadie en la tierra se acordaba de ellas, como si hubieran sido borradas de la memoria de sus seres queridos. ¿Puedes imaginar la angustia de sentir que quienes amaste en vida ya no rezan por ti después de la muerte? Ese olvido pesa más que el fuego, decía Faustina. Jesús mismo le explicó que la justicia divina exige reparación, porque cada pecado, incluso perdonado en la confesión, deja una herida, una marca que debe ser purificada antes de que el alma contemple a Dios cara a cara. Y sin embargo, Él también le mostró que la oración de los vivos acelera esa purificación, como un bálsamo que extingue el fuego poco a poco. “Las almas del purgatorio me son muy queridas —le dijo el Señor— y hago justicia por ellas, pero necesitan de tu intercesión”. ¿No es esto un misterio de amor? El Dios que todo lo puede ha querido necesitar de nuestra oración para liberar a quienes esperan. Piensa en esto: ¿cuántos funerales has presenciado en los que todo terminó con lágrimas y flores, pero nadie más volvió a rezar por el difunto? En muchos hogares ya no se celebra la misa de aniversario, ya no se ofrece el Rosario por los que partieron, ya no se enseñan a los hijos oraciones por los abuelos. La modernidad ha silenciado esta costumbre santa, como si la muerte fuera solo un recuerdo y no un destino eterno. Pero la Palabra de Dios insiste: “No habrá nada impuro en la presencia del Cordero” (Apocalipsis 21,27). Si nada manchado puede entrar en el cielo, ¿cómo entrarán tantas almas que aún cargan restos de egoísmo, de omisiones, de pecados veniales? Aquí está el purgatorio, no como un castigo cruel, sino como un acto de misericordia que prepara al alma para el abrazo definitivo. Déjame contarte algo que escuché de un sacerdote anciano, un confesor incansable. Él relató que durante años ofreció cada Eucaristía por las almas olvidadas. Una noche soñó con un cementerio, y de cada tumba salían manos levantadas hacia él, agradeciendo con gestos de alivio. Al despertar comprendió que ninguna oración se pierde, que cada Ave María pronunciada con fe cae en el purgatorio como una gota de agua fresca en labios resecos. ¿No arde tu corazón al pensar que una simple oración tuya puede significar tanto para una multitud invisible? Ahora te pregunto: ¿qué pasará con tu alma cuando llegue ese día en que dejes este mundo? ¿Habrá alguien que rece por ti? ¿O caerás en el mismo olvido que hoy sufren tantas almas? Estas preguntas no buscan asustarte, sino despertarte. Porque lo que está en juego no es solo el destino de otros, sino también el tuyo y el de tu familia. Ignorar este llamado es cerrar los oídos al clamor de millones que esperan, y al mismo tiempo sembrar indiferencia para tu propia eternidad.