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En el año 1520, un hombre ascendió al trono otomano destinado a convertirse en leyenda. Solimán I, aquel "El Magnífico" o "Kanunî" (el Legislador), cuyo nombre está asociado con la cúspide del poder imperial. Lo sabemos todo sobre él: sus campañas, su amor por Hürrem, sus obras arquitectónicas y su trágico final en la lucha entre sus hijos. Pero la historia comenzó mucho antes. Comenzó con un drama silencioso, casi olvidado, que se desarrolló a la sombra de su ascenso. Un drama cuyas principales víctimas fueron aquellos más cercanos a él por la sangre. Para comprender la magnitud de esta tragedia familiar, hay que mirar al pasado. Solimán no fue el primero ni el único. Era hijo del sombrío y decidido Selim I, apodado "Yavuz" —el Severo o el Intransigente. El mismo que, en menos de diez años de reinado, duplicó el territorio del imperio, aplastó a los mamelucos y se apropió del título de "Guardián de los Dos Santos Lugares". Su consorte, madre de sus hijos, fue la influyente Ayşe Hafsa Sultan. Este poderoso matrimonio tuvo al menos cuatro hijos, y además Selim tuvo descendencia con otras mujeres. Aquí yace la gran pregunta que a menudo se pasa por alto al contemplar la edad de oro de Solimán: ¿qué fue de todos los demás? ¿Qué sucedió con sus hermanos y hermanas en el momento en que él obtuvo el poder sobre el mundo? El destino de cada uno de ellos es una historia de intrigas políticas, giros inesperados y, por lo general, un final trágico. No son relatos de libros de texto, sino de las crónicas palaciegas, donde las frías fórmulas ocultan auténticos dramas humanos. Y para entender en quién se convirtió, primero hay que saber a quiénes tuvo que "perder" en el camino.