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Era el año 1566. Estambul respiraba con el ritmo lento y pesado de un anciano. Es una extraña paradoja: el Imperio Otomano se extendía más que nunca, desde Argel hasta Basora, desde Budapest hasta Yemen. Su ejército aterraba a Viena, su flota a Génova. Los mercaderes venecianos susurraban en los puertos que el sultán era el destino mismo, revestido de brocado. Y ese destino, en ese momento, yacía en su tienda de campaña en algún lugar bajo la fortaleza húngara de Szigetvár. Tenía 71 años. Ya no era Solimán Kanuni, "el Legislador", cuya justicia se había hecho proverbial. Ni "el Magnífico", cuyo esplendor eclipsaba a los reyes de Europa. Su cuerpo se había vuelto un traidor. La gota había agarrotado sus piernas hasta el punto de no poder montar a caballo. Los historiadores escribirían más tarde sobre "hidropesía" e "hinchazones", pero la esencia no estaba en el diagnóstico, sino en la condición: Solimán el Magnífico ya no podía levantarse sin la ayuda de esclavos. Lo transportaban a la campaña en un carruaje cerrado, como una carga preciosa y terrible. Fue aquí, en el campamento ante los muros de la fortaleza rebelde, donde nació el espectáculo más absurdo y genial del siglo XVI. El sultán falleció en la noche del 5 al 6 de septiembre. Su corazón, probablemente, cedió bajo el peso de los años, las enfermedades y la colosal tensión de la última campaña. Pero el mundo no lo sabría hasta 48 días después. Mientras su cuerpo embalsamado se movía lentamente hacia casa, hacia Estambul, su muerte sería el secreto de Estado más importante. Su médico de la corte se abriría camino hasta la tienda cada mañana para simular los tratamientos. Los visires recibirían órdenes, supuestamente transmitidas desde detrás de una cortina. Y el cuerpo, vestido con ropajes ceremoniales, sería paseado solemnemente ante las tropas, como si el sultán estuviera simplemente demasiado débil para mostrarse.