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Es tiempo de Cuaresma y es momento de prepararse para el acontecimiento central del cristianismo: ¡la Pascua! Sí, prepararse como para una fiesta o encuentro importante. En pocas palabras es necesario imponernos la pasión misma y la dedicación, esmero y deseo, y en este caso, claramente multiplicando todo por Dios; es un hermoso acontecimiento que dura 40 días intensos, todos ellos dedicados a la oración, el ayuno y las obras pías. ¿Dificil? Ciertamente no es algo fácil, ¿pero por qué dejar de creer que es algo "dichoso"?. El ayuno es una ocasión de alegría. Así como la sed hace afable la bebida y el hambre hace apetitoso el ali-mento, el ayuno condimenta el placer de la comida. Se interpone, interrumpe el continuo placer de los alimen-tos, y hace que su degustación, al evitarlos, parezca aún más deseable. Por eso, si preparan una comida apetitosa, acepten intercalarla con el ayuno. Sin embargo, tú que te das demasiado al placer, sin percatarte de ello, la haces insípida, y por demasiados aromas en ella nulificas su sabor. En efecto, nada es tan deseable que no llegue a provocar náuseas de tanto comerlo. Pero, lo que se tiene en pocas ocasiones, lo saboreamos con avidez. De esta manera, nuestro Creador previó que sus dones no fueran siempre gratos por su variedad continua a lo largo de la vida. ¿No ves que el sol es más radiante después de la no-che? ¿Que la vigilia es más tranquila después del sueño? ¿Y la salud se aprecia más luego de haber pasado por en-fermedades? De esta manera, la comida es más gustosa luego del ayuno: tanto para los ricos que comen bien, o para quienes su alimento es sencillo y frugal. AA. VV., La teologia dei padri, Vol. 3. Città Nuova, Roma 1975 (p. 181)