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Ignoraron mi alergia alimentaria —solo era quisquillosa para comer. El incidente en la cafetería... @riodelavenganza Me quedé mirando el sándwich de crema de cacahuate con mermelada en mi lonchera, el estómago revuelto por la ansiedad. A los 13 años, había aprendido a revisar todo lo que mi mamá me empacaba. Pero hoy me cachó intentando tirar el sándwich a la basura.—Maya, cómete tu lunch —me soltó de golpe, empujándome la lonchera de regreso a las manos—. Ya basta con estas tonterías de alergias al cacahuate. Tu hermano come crema de cacahuate todos los días y está bien.Esa era la historia de mi vida. Todo estaba bien porque mi hermano mayor, el perfecto Marcus, estaba bien. Mis alergias eran solo ganas de llamar la atención. Mi receta del epipen, un gasto inútil que mi mamá se había negado a surtir. La pulsera médica que me dio mi pediatra, perdida misteriosamente el día de la lavandería.Ahora, sentada en la abarrotada cafetería de la escuela, aparté el sándwich y saqué mi celular para checar la hora. Faltaban 20 minutos para la clase de inglés. Podía aguantar sin comer.—¡Hey, bicho raro! —la voz de mi hermano retumbó por toda la cafetería. Marcus, estudiante de tercer año y mariscal de campo estrella, se acercó a mi mesa con su típica sonrisa burlona.—Mamá me contó tu último drama esta mañana —dijo mientras sus amigos se reunían alrededor. Ser la hermanita de Marcus significaba nunca escapar de su sombra, nunca encontrar un rincón tranquilo donde esconderme.—¿Sabes qué? —agarró mi lonchera—. Mamá tiene razón. Ya es hora de superar esa tontería de la alergia.Mi corazón empezó a acelerarse.—Marcus, por favor… —murmuré.—Ábrela, hermanita —ordenó.Desenvolvió el sándwich, y sus amigos se rieron formando un círculo a nuestro alrededor.