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Al finalizar la guerra de independencia en 1821 fue posible observar los distintos componentes que permitirían el arraigamiento y proliferación de los bandidos en el México del siglo XIX. La falta de una autoridad centralizada fuerte, capaz de hacerse valer en todos los niveles de gobierno, dejó la seguridad en manos de los propios estados y, más dramáticamente, en los individuos. Era común que los hacendados y comerciantes armaran sus propios contingentes de seguridad para protegerse de los bandoleros, lo que se tradujo en que las élites mexicanas contaran con pequeños ejércitos que controlaban de facto una región específica, lo que implicó que dichos sectores no siempre se vieran en la obligación de obedecer al nuevo Estado Mexicano, antes bien, se encontraron en la posición de pedir ciertas concesiones o acuerdos que les beneficiaran. Por otro lado, fuera de las haciendas y las grandes ciudades, las fuerzas de seguridad eran insuficientes para mantener el orden en la República. Esta debilidad fue bien aprovechada por los bandoleros, quienes supieron explotar sus vínculos con la población rural y su conocimiento de la geografía regional para evadir a las autoridades. El gobierno mexicano emanado de la independencia, y que había atravesado su primer guerra internacional (intervención estadounidense) heredó desorden y la bancarrota del erario. Esto dificultó la creación de una fuerza de seguridad bien armada, adiestrada y pagada que pudiera destinarse a proteger las vías de comunicación más importantes del país, lo que permitió que el bandolerismo escalara hasta volverse un verdadero problema. Sobran las historias de diligencias y caravanas asaltadas a lo largo de la ruta que iba de Ciudad de México al puerto de Veracruz; muchas de ellas inspiraban terror y curiosidad entre los extranjeros que visitaban estos lares. Madame Calderón de la Barca, esposa del primer enviado plenipotenciario de España, describió en sus cartas –redactadas entre 1839 y 1842– el miedo que provocaba que una diligencia viajara sin protección por una ruta que se sabía era dominada por bandoleros. Veinte años después parece que el problema aún estaba lejos de resolverse. Durante la Segunda Intervención francesa, George Bibesco, quien acompañó la expedición de Maximiliano, relató en su diario Au Mexique, que en 1862 era común que los viajeros que atravesaban la ruta México-Veracruz llegaran casi desnudos después de haber sido asaltados en el trayecto. Henrik Eggers, un militar danés que también vino con Maximiliano, describió detalladamente el asalto a una diligencia, mostrando las opciones de las víctimas: si los viajeros se resistían y eran vencidos por los bandidos, corrían el riesgo de ser asesinados; si no ofrecían resistencia, los ladrones solo se llevaban los objetos de valor. Vicente Murillo Villicaña Maestro en Historia Regional Continental por la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, especializado en Historia del Derecho, Historia militar e Historia de las instituciones. IG: / charlahistorica FB: https://www.facebook.com/profile.php?...