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Este canto está inspirado en el Salmo 28 (27), una súplica intensa y confiada dirigida a Dios en un momento de peligro, silencio y amenaza de injusticia. El salmista clama desde lo más hondo: “A ti grito, Señor; roca mía, no guardes silencio”. El salmo expresa la angustia del justo que teme ser arrastrado con los malvados y suplica a Dios que no permanezca callado. El silencio de Dios no es indiferencia, sino prueba; por eso la oración se vuelve insistente, humilde y perseverante. Clamar es ya un acto de fe. La súplica se transforma progresivamente en confianza. El orante reconoce que el Señor escucha la voz de quien le implora y se convierte en fuerza, escudo y salvación. La alabanza brota incluso antes de ver el resultado, porque la fe se apoya en la fidelidad de Dios. Cantado de forma sobria y contemplativa, este salmo quiere ser oración para quienes atraviesan momentos de incertidumbre, persecución o espera prolongada, recordando que Dios no abandona a su pueblo y sostiene a quienes confían en Él. En sintonía con Laudato si’, este salmo recuerda que la justicia comienza por escuchar el clamor del débil y del oprimido, y que la verdadera fuerza no reside en la violencia, sino en la fidelidad a Dios y en la protección de la vida. La tradición cristiana lo lee a la luz del Evangelio: Cristo es la Roca que escucha el grito de los pobres, y María, la Madre de Dios, acompaña silenciosamente la oración confiada del creyente. Este contenido es estrictamente religioso y cultural, realizado sin ánimo de lucro, sin monetización ni fines comerciales. Su única finalidad es la oración, la meditación de la Palabra de Dios y la edificación espiritual. La música ha sido generada como apoyo expresivo al texto bíblico, sin explotación económica. Que este canto sostenga la fe en la espera, fortalezca la confianza y mantenga viva la esperanza en el Señor.