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La Rosa y el Girasol La noche cayó sobre el restaurante, el festejo terminó. Risas que se fueron apagando, copas diciendo adiós. Las parejas salieron de a dos, abrigadas en promesas de ocasión, y yo quedé limpiando mesas, migajas… y algo más que amor. En dos mesas distintas quedaron ramos que nadie entregó. En una, un girasol enorme, con su verano interior. En la otra, una rosa naranja, ardiendo en su propio color. Historias que no coincidieron, dos búsquedas sin dirección. El hombre del girasol se fue diciendo que aún busca querer. La dueña de las rosas partió cansada de no florecer. Y el salón quedó en silencio… solo yo y lo que pude ver. Porque lo vi… mientras barría el salón, lo vi. Desde una mesa hasta la otra, allí, algo empezó a latir. Lo vi… aunque nadie más lo vio. Entre pétalos y penumbra algo pequeño floreció. El girasol se inclinó primero, como vencido por la soledad, y cayó suave sobre la mesa, sin que nadie lo fuera a alzar. Y casi al mismo tiempo —lo juro— la rosa también se dejó caer, rodó entre copas vacías hasta quedarse mirando hacia él. Yo me quedé quieto, con el trapo entre las manos. No era magia de cuento, era algo más humano. Porque lo vi… se miraban desde allí. Sin tocarse, sin hablar, sin promesas por cumplir. Lo vi… en la sombra del lugar, dos flores que en la distancia se empezaban a acompañar. Y entonces lo vi… vi a la rosa sonreír, con una sonrisa que daba vida al girasol, que lo hacía casi revivir. No fue un gesto evidente, no fue milagro teatral, fue su color encendido dándole luz en la oscuridad. Y él, que estaba caído, se enderezó un poco más… como si esa sonrisa lo ayudara a respirar. Sí, lo vi… desde una mesa hasta la otra, allí. No podían tocarse, pero se estaban viendo al fin. Lo vi… cuando el salón quedó en paz, dos flores caídas, olvidadas… pero acompañadas en la distancia. Apagué las luces despacio, volví a mirar antes de salir… y entendí algo esa noche que no pienso olvidar jamás: Con florcitas no es tan triste no es tan triste, la soledad. 🌻🌹✨ Hotsu.