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Es indignante. Mi novio me llevó a cenar a un restaurante elegante. Pero cuando la mesera nos trajo la cuenta, ¡él le dijo gracias! ¡LE DIJO GRACIAS! Creo que se la quiere comer. Nunca me habían humillado así en un lugar con manteles blancos. La gente aplaudía un ascenso ajeno mientras yo me quedaba sin aire, con la garganta apretada de rabia. Y todo por una palabra pequeña, una palabra que a otras les parece “educación”, pero que a mí me sonó a traición en cámara lenta, así que necesito contarles cómo se armó esta falta de respeto desde el inicio. Diego, mi novio, llegó a mi vida hace dos años con esa imagen de hombre correcto, de los que abren la puerta del carro y se saben el nombre del mesero solo para quedar bien. A mí me gustó eso al principio porque pensé que era un indicador de control, de estructura, de previsibilidad. Yo soy de las que cree que la estabilidad se construye con reglas, con vigilancia discreta y con hábitos medibles, porque el amor sin control es un deporte extremo. Desde el comienzo noté que Diego era socialmente “fácil”, sonríe rápido, responde rápido, hace contacto visual como si estuviera en campaña política. Yo interpreté esa facilidad como un riesgo, no como una virtud, y decidí que si iba a estar conmigo, iba a estar conmigo de forma verificable. En mi vida no existe el “solo estamos siendo amables”, porque la amabilidad es la puerta de entrada a la confianza, y la confianza es la antesala del desorden. Suena intenso, pero es que yo ya vi cómo empiezan las historias: primero un saludo, luego una conversación, luego un “qué bonito tu reloj”, luego un “me avisas cuando vuelvas”, y al final una mujer que jura que fue “sin querer”. Yo no nací para ser la mujer que se entera al final, yo nací para anticiparme. Por eso, con Diego, fui afinando mis métodos con el tiempo, sin dramatismos públicos, sin escenas, solo con precisión. Me aprendí su rutina de sueño, la forma en que respira cuando está contento, y hasta cómo cambia su postura cuando alguien le interesa más de lo que debería. Diego decía que yo era “detallista”, y me lo decía como si fuera un cumplido, pero yo sé leer entre líneas y sé que ese tipo de frase siempre trae una segunda intención. 0:00 Historia principal 7:42 Comentarios de la historia principal 8:40 Actualización 1 17:03 Comentarios de la actualización 1 18:06 Actualización 2 25:16 Comentarios de la actualización 2 26:18 Actualización 3 31:39 Comentarios de la actualización 3