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Estaba jugando verdad o reto con mi novio, y en un acto de lucidez extrema, lo desafié a perdonarme una infidelidad que quiero cometer. Era un plan maestro, pero a él como que le fallan los cables y en vez de decir que lo aceptaba, se fue de la casa sin decir nada. La puerta se cerró con una calma que me insultó. Me quedé inmóvil, con el reto flotando en la sala como una bomba educada. Si alguien va a actuar como si yo fuera la villana, por lo menos que entienda cómo lo diseñé todo. Hugo, mi novio, y yo llevábamos dos años juntos y yo estaba convencida de que lo nuestro era de esas relaciones que la gente mira con envidia porque “se nota” que hay estabilidad. No éramos de gritos ni de escenas, o al menos no de esas escenas vulgares que se hacen por celos baratos. Nuestra dinámica siempre me pareció superior: hablábamos “claro”, nos decíamos las cosas sin miedo, y yo lo guiaba cuando le entraban esos impulsos masculinos de cerrarse. Él se creía muy racional, pero esa misma rigidez era el punto débil que yo estaba trabajando para pulirlo. Yo no quería un novio, yo quería un compañero que supiera evolucionar conmigo. Nos conocimos en el cumpleaños de una amiga en común, de esos que empiezan tranquilos y acaban con conversaciones profundas porque alguien pone música triste. Hugo era el típico hombre que se sienta y observa, como si estuviera evaluando el mundo desde un pedestal de prudencia. Yo fui la que rompió el hielo, porque me desespera esa gente que pretende que el destino haga el trabajo por ellos. Le hablé como se le habla a alguien que vale la pena: directa, sin rodeos, con esa seguridad que a algunos les asusta y a otros los engancha. A él le gustó que yo “sabía lo que quería”, eso me lo dijo varias veces, como si fuera un halago raro. Yo lo interpreté como lo que era: un hombre que necesitaba dirección. Al principio Hugo fue encantador en su forma seria, de detalles pequeños pero consistentes. Me llevaba café cuando yo tenía días largos, recordaba cosas que yo decía al pasar y se esforzaba por estar presente en los planes que para otros serían “pérdida de tiempo”. Era bueno escuchando, pero también era bueno fingiendo que escucha, y yo aprendí a notar la diferencia. Aun así, me gustaba esa sensación de que yo podía hablar y que él no se iba a espantar con mis ideas. 0:00 Historia principal 8:38 Comentarios de la historia principal 9:39 Actualización 1 16:59 Comentarios de la actualización 1 17:54 Actualización 2 24:19 Comentarios de la actualización 2 25:13 Actualización 3 33:44 Comentarios de la actualización 3 34:39 Actualización 4 41:50 Comentarios de la actualización 4