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LA CARRERA DE LA VIDA ANTE LA MAJESTUOSIDAD DE DIOS El libro de Eclesiastés, en su honestidad brutal y necesaria, confronta al creyente con una de las observaciones más frustrantes, pero universalmente reconocibles de la experiencia humana. En el versículo once del noveno capítulo, el Predicador, con la autoridad de quien ha visto todo lo que hay debajo del cielo, declara: "Me volví y vi debajo del sol, que la carrera no siempre pertenece al veloz, ni de los fuertes es la guerra, ni tampoco de los sabios es el pan, ni de los prudentes es la riqueza, ni tampoco de los elocuentes el hallar gracia de los demás, sino que tiempo y casualidad habrá de acontecer a todos ellos". Esta sentencia, extraída de la más cruda experiencia cotidiana, desmantela sin piedad una de las premisas más arraigadas de la lógica secular y del orgullo humano: “la creencia de que el mérito, la habilidad y el esfuerzo humano son directamente proporcionales al éxito que alcance el individuo”. Vivimos en una cultura que nos vende la idea de que somos los arquitectos absolutos de nuestro destino, pero la vida, tal como la vivimos realmente, a menudo parece regida por fuerzas ciegas e impredecibles, personificadas en las enigmáticas palabras "tiempo" y "casualidad". Lo primero que debemos hacer para comprender el significado que quiere darles el Espíritu a estas expresiones, es despojarnos de la noción moderna de "suerte" o "azar", porque en el contexto del pasaje el "tiempo" y la "casualidad" no son fuerzas autónomas que compiten con la Voluntad el Creador, sino instrumentos de Su Soberanía que exponen la total incapacidad del hombre para controlar su propio destino. Sabiendo esto, surgen entonces las interrogantes que hacen temblar los cimientos de nuestra autosuficiencia y arrogancia: Si la velocidad no garantiza la victoria en la pista, si la fuerza bruta no asegura el triunfo en la batalla, si la sabiduría secular no pone el pan sobre la mesa, y si la prudencia administrativa no genera siempre riqueza, entonces, ¿qué es lo que gobierna realmente el destino humano? La respuesta a esta pregunta no reside en la filosofía, ni en la sociología, ni en los modernos manuales de autoayuda, sino en la revelación bíblica que busca desenterrar las profundas implicaciones doctrinales que subyacen a la aparente injusticia y arbitrariedad del mundo. Es imperativo que el cristiano mire más allá de la superficie de los fenómenos observables, para descubrir la Mano Soberana de Dios obrando en todo lo que acontece, incluso en aquello que llamamos erróneamente: "suerte". En este pasaje de Eclesiastés, el sabio Salomón, siendo inspirado por el Espíritu Santo, nos invita a “una inspección más precisa de la realidad que acontece debajo del sol”. Debemos entender que para desentrañar el propósito de la existencia no nos podemos conformar con dar una mirada superficial a los asuntos de la vida, porque estamos rodeados de eventos variados e incontrolables que muy a menudo nos resultan incomprensibles. Pero a pesar de esto, la mayoría gusta de observar el mundo con los lentes del humanismo, y tienden a creer que la vida está diseñada como una ecuación matemática exacta, en donde “preparación” más “habilidad” es igual a éxito. De esta forma, intentamos convencernos, en un acto de vanidad intelectual, de que somos los capitanes de nuestro destino. Es aquí donde el pensamiento renovado por la Escritura reconoce que el esfuerzo humano tiene un límite, si bien el hombre es responsable de su carácter y de su trabajo, el resultado final de las acciones que emprendemos a menudo está sujeto a circunstancias que escapan a nuestro control. Debemos tomar conciencia, de las implicaciones de las palabras del apóstol Pablo cuando dijo: “nosotros sembramos, pero Dios da el crecimiento”; porque éstas nos enseñan que podemos controlar nuestros actos, pero no siempre las consecuencias; sin embargo, el deber sigue siendo nuestro, mientras los resultados dependen de Dios. Por ello, veremos al orgulloso pretendiendo vivir en un mundo de causa y efecto sin Dios, una postura que a la larga terminará sumiéndolo en la desesperación cuando la ecuación que se ha formado en la cabeza, le falle. El sabio Salomón “rompe ese techo de cristal”, diciéndonos que después de mucho meditar ha regresado a la cordura y visto que la realidad no obedece ciegamente a nuestros méritos ni a nuestras capacidades naturales y materiales. ¿La razón? “Porque solo la Voluntad de Dios es la Causa Principal de todo”; esto hace que la Providencia Divina no sea fácil de anticipar, y Sus juicios nos sean, en muchas ocasiones, secretos e inescrutables.