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Saludos del P. Alvaro Sáenz y el diácono Mauricio Fernández Rojas. Se podría intuir que la transfiguración es una vocación humana adherida por voluntad de Dios a nuestra naturaleza por haber sido dañados por el pecado. Así pondríamos todo nuestro empeño en tratar de salir de ese abismo. Con el pecado perdimos la capacidad de funcionar como creados a imagen y semejanza de Dios. De hecho hay quienes quieren vivir por sus instintos, sustituidos por Dios con capacidad como razonar, pensar, reflexionar. De hecho, Abram debió salir de su tierra, de la casa paterna, desgajarse del tronco para dejarse transfigurar por Dios. Debió empezar por ser un extranjero, alguien ajeno, un intruso, para ir encontrando su sitio. Dios nos quiere separar de un pasado estéril y estimularnos para abandonar lo que no vale. En la segunda lectura, Pablo nos pide, con Timoteo, abandonar lo de la materia para transfigurarnos y experimentar a Cristo, que redimió del pecado a la humanidad. Cristo nos salvó y eligió, no por ser buenos, sino por la gracia. Abandonemos nuestra antigua vida de pecado y asumamos la senda propuesta por Cristo, abrazando la voluntad de Dios. Cristo destruyó nuestra muerte para permitir que el brillo de la vida incorruptible fuera posible para nosotros, gracias a la Buena Noticia del reino. Ahora bien, la transfiguración de Cristo es diferente. Si nosotros tenemos que dejar nuestra antigua, Jesús de Nazaret no. Jesús, lejos de querer cambiar de vida nos muestra, por una fracción de segundo, lo que hay dentro suyo, la divinidad. Jesús como ser humano ha ido madurando en su relación con lo humano y lo divino. Sabemos bien que él es Dios y esta es nuestra verdad fundamental: Jesucristo es Dios. Si esa divinidad no se había mostrado es precisamente para no entorpecer el normal desarrollo de ese ser humano que es Jesús de Nazaret, que debe alcanzar su plenitud humana precisamente para ser capaz de redimirnos. En un instante, quizá para ayudar a los apóstoles, la divinidad de Cristo muestra y aquellos hombres pudieron contemplar su gloria para así tragar mejor el cáliz amargo de la pasión. De hecho, aunque los apóstoles no lo hayan entendido, hay dos testigos que viene a acompañar al redentor: Moisés y Elías. Aquí empieza la comprensión del misterio de Cristo que urge que todos asumamos. Si Pedro, Santiago y Juan empiezan allí mismo su proceso de aceptación de la divinidad de Cristo, la humanidad los haría luego y poco a poco. En esa montaña debemos aprender a no ver a Jesús como un simple profeta junto a sus socios o colegas. Moisés y Elías lo son, pero Jesús no. A Simón Pedro, junto a los otros y más tarde a nosotros mismos, nos toca comprender y aferrarnos con toda nuestra fuerza a la idea de que Jesús es el Hijo muy amado de Dios, venido para darnos vida abundante. A Jesús lo debemos escuchar. Jesús, el Cristo, es nuestra bandera de batalla en la lucha contra el mal.