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Descubrí que mi ex novio se iba a casar, así que hice lo que cualquier persona cuerda haría. Rapté a la nueva novia e iré yo vestida de blanco en su lugar. Si no se da cuenta terminará casándose conmigo. Rodrigo me levantó el velo en pleno altar y no hubo gritos, solo ese silencio pesado que hace temblar hasta a la gente que no cree en nada. Me miró como si acabara de ver un fantasma con pestañas postizas y yo me quedé ahí, vestida de blanco, respirando como si fuera lo más normal del mundo. Si crees que eso es lo más loco, te aviso que lo verdaderamente interesante es cómo llegamos a ese punto. Rodrigo y yo fuimos una pareja de esas que la gente mira con una mezcla de envidia y ganas de opinar, aunque ninguno de ellos tenía el contexto real de nuestra conexión. Lo conocí en un club de teatro experimental, que ya de por sí filtra a la gente normal y deja solo a quienes entienden la intensidad como lenguaje. Él era de los que parecía tranquilo, pero con esa mirada que se queda prendida cuando algo lo mueve, y yo, honestamente, siempre he sido de las que no nacieron para el amor tibio. En nuestras primeras salidas, Rodrigo hacía esos detalles discretos que solo los inteligentes notan, como recordarme exactamente cómo tomo el café o esperarme afuera sin apurarme cuando yo me tardaba arreglándome. Eso enamora, porque no es solo “ser atento”, es saber leer a alguien, y él sabía leerme, aunque luego se haga el confundido. Durante los primeros meses, todo fue casi perfecto, de esos “casi” que son una molestia porque te obligan a vivir vigilando la excepción. Rodrigo me llevaba a ensayos, a obras pequeñas, a cafés donde nadie nos interrumpía, y yo me sentía por fin en una historia a mi medida. Él era cariñoso sin ser empalagoso, y eso lo hacía aún más adictivo, porque uno se queda con hambre y el hambre crea lealtad. Yo le contaba mis ideas con lujo de detalle, mis planes, mis teorías sobre cómo funciona el destino, y él siempre decía que me admiraba por lo segura que era. También era de los que se preocupan por su reputación, por “no meterse en líos”, y eso a veces lo volvía exageradamente correcto, como si la vida fuese una oficina con códigos de conducta. A mí esa rigidez me causaba ternura al inicio, como ver a alguien intentando controlar el mar con un balde. 0:00 Historia principal 10:25 Comentarios de la historia principal 11:49 Actualización 1 20:56 Comentarios de la actualización 1 22:34 Actualización 2 32:14 Comentarios de la actualización 2 33:49 Actualización 3 43:26 Comentarios de la actualización 3