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Saludos del P. Alvaro Sáenz Zúñiga y el diácono Mauricio Fernández Rojas. La Iglesia nos convoca hoy para recordar a quienes, habiendo vivido con nosotros o antes que nosotros, han partido ya a la eternidad sin que sepamos su destino final. Nos reunimos, pues, en Eucaristía, para encomendarlos, para pedir a Dios que disimule sus errores y les dé una oportunidad junto a él. La primera lectura presenta al ser humano como algo fracasado, tortuoso y gris. Pero también, en medio de las oscuridades está la certeza, nuestra única fuente de consuelo: Dios nuestro Padre, que es compasivo y misericordioso. Por ello, cuando hacemos conciencia sobre la brevedad de nuestra vida, ante la certeza inminente de nuestra muerte y la incapacidad que nos viene de ella: “Es bueno esperar en silencio la salvación que viene del Señor”. En la segunda lectura, San Pablo pide a los romanos aprender que si bien es cierto éramos candidatos a la muerte, que éramos culpables y reos de condena, porque Cristo murió en la cruz para darnos vida eterna, desde el momento en que el agua bautismal cayó sobre nuestras cabezas, allí mismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte, siendo elegidos para una vida nueva. Pero esto no es un simple premio que nos dan sin ningún esfuerzo nuestro. Ese morir de Cristo por nosotros, no es para que: “veamos los toros desde la barrera”. A partir de la acción de Cristo, esta vida nueva nos hizo diferentes, vivimos una realidad novedosa y enriquecedora, en que logremos renunciar a nosotros mismos y aprender a trabajar por los demás. En el evangelio Cristo nos ofrece ir a prepararnos un lugar junto al Padre. Esa promesa no la comprendemos siempre pues debemos aprender a ver más allá de nuestra naturaleza, buscar la trascendencia. Por eso Cristo, al responder a Tomás, se empeña en evidenciar que Él es camino verdad y vida, para que todo nuestro crecimiento espiritual, de búsqueda de la verdad, de cambio personal y de paradigma, no será solo sociológico sino profundo, interno, radical. Ya no seré un simple mortal un hijo de Dios, constituido como tal por la acción de Jesucristo en la cruz y la resurrección. Él es el camino, la verdad y la vida. Convenzámonos de que nadie va al Padre sino a través de Jesucristo.