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LA FELICIDAD NO SE COMPRA CON CALDERILLA Un amigo mío repite que la felicidad no se compra con calderilla. ¿Qué pretende decir? 1. Los tres niveles de gratificación humana Las gratificaciones humanas pueden clasificarse en tres grupos o niveles. A) LOS PLACERES SENSIBLES En el más básico se sitúan los placeres sensibles, que derivan del ejercicio de los sentidos: contemplar una puesta de sol, sentir la brisa del mar, deleitarse con una sinfonía. Perfectamente legítimos pero insuficientes: incapaces de saciar el anhelo de bien del corazón humano. Además, a veces, esos placeres requieren determinadas condiciones. De lo contrario, se transforman en su opuesto: con sed, se disfruta un vaso de agua fresca; sin ella, puede hacerse insoportable. Pasajeros, limitados, efímeros y condicionados: así son los placeres sensibles. B) LAS EMOCIONES POSITIVAS En el plano inmediatamente están las emociones positivas: sentirnos comprendidos, tenidos en cuenta, valorados… Legítimos, pero también incapaces de generar la auténtica felicidad, tendemos a multiplicarlos, incluso de manera desorbitada y obsesiva. Como los “me gusta” de las redes, que nos gratifican, pero no nos bastan. Cada like nos llena solo de momento y nos lleva a buscar otro y otro, en una especie de cadena sin fin, no precisamente muy gozosa Según los expertos, fenómenos parecidos se encuentran en la base de los disturbios y enfermedades mentales que hoy vemos crecer: proceden de buscar la felicidad… ¡donde no se puede encontrar! C) EL SUBLIME GOZO DE CONOCER Y AMAR En este nivel están las gratificaciones derivadas de conocer y amar lo que lo merece: las personas y, en particular, nuestro cónyuge y nuestros hijos. Conocer ¡para amar! Por esos senderos caminan la plenitud y la felicidad: por las vías del saber y del amor inteligente. Por naturaleza, el conocimiento y el amor son estables. Lo que conocemos bien, lo sabemos para siempre; y el auténtico amor nace eterno. Saber y amar componen las vías regias de nuestro crecimiento como personas y las causas radicales de nuestra felicidad: por eso estamos destinados a convertirnos en interlocutores del Amor de Dios… por toda la eternidad: ahí se cumplirá nuestra felicidad definitiva. La vida es la gran oportunidad de incrementar nuestra capacidad de amar, siendo más felices ya aquí, en la tierra; y, al término, habiendo dilatado las fronteras del corazón, “nos quepa” más Dios en el alma y seamos más felices por toda la eternidad. 2. La felicidad, “a caballo” del amor A) AMOR Y FELICIDAD La felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar, expresada en actos. a) Quien ama mucho y bien, es muy feliz. b) Quien más o menos ama goza de una “felicidad” tenue, pasajera. c) Quien no puede, no sabe o no quiere amar podrá encontrar satisfacciones limitadas, pero nunca la felicidad. ¿Motivos? El principal, ¡la grandeza de la persona humana! Tan, tan grande… que solo es capaz de crecer y perfeccionarse mediante acciones también grandiosas, sublimes, “magnificadas” por el amor: las actividades que no lleva a cabo por amor “se le quedan cortas”, “no le bastan”… precisamente por su grandeza. Me explico mediante un ejemplo. B) EL MEJOR ARTISTA… La persona humana podría compararse con un artista consumado, con el mejor en su género: grandioso, por ser el mejor, pero necesitado de desarrollo, si no quiere dejar de serlo: a) si no se empeña en seguir creciendo será superado; b) pero, justo por ser el mejor pianista, pongo por caso, para crecer no le basta hacer “dedos” o “escalas”, o interpretaciones rutinarias, que sí servirían para mejorar a los principiantes; c) el mejor, sin embargo, y justo por serlo, solo crece cuando “crea”: en la interpretación o en la composición; lo demás “se le queda corto”. También la persona humana es grandiosa, por su condición de persona, pero necesitada de desarrollo, por ser persona humana, limitada: por su limitación necesita imperiosamente perfeccionarse, seguir creciendo. Pero, en el otro extremo, justo por su grandeza, solo se acerca a la plenitud y es feliz… cuando obra por amor y con amor, y se entrega… que es lo más tremendo que el ser humano puede llegar a hacer. C) ENTREGA, PLENITUD, FELICIDAD Se trata de la afirmación más repetida por Juan Pablo II: «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrar su plenitud [y, con ella, la felicidad] sino es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El papa no la enunciaba como una manera entre otras, sino como la única, absolutamente la única: no puede, si no es… No existe otro modo: solo en la entrega derivada del amor. Otro santo contemporáneo lo expresaba más o menos así: “la entrega a los demás, con olvido de sí mismo, es de tal eficacia, que Dios la premia con una humildad llena de alegría”. Por eso no puede comprarse: ni con calderilla ni con todo el oro del mundo. La felicidad no es objeto de compraventa. Es un regalo: un premio de Dios ¡al amor!