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Iba muy feliz en la moto con mi novio entrando al Motel, cuando de repente escucho una voz que gritaba “Tómense su tiempo”. Era mi esposo que justo pasaba por ahí en el carro. Ahora no quiere perdonarme, ya le dije que solo fue “Mala suerte” que el pasara por ahí. Yo estaba parada en la entrada de un motel, con el casco todavía puesto, viendo cómo mi vida se partía en dos con un solo grito desde un carro. La voz sonó como una burla lenta, como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para humillarme sin tocarme. “Tómense su tiempo”, dijo, y juro que lo que más me dolió no fue reconocerlo, sino la calma con la que lo dijo. Si te parece absurdo que yo esté furiosa por un saludo, espera a entender cómo se llegó a este nivel de falta de respeto. Julián y yo llevamos siete años de casados, y no voy a venderte el cuento de “éramos perfectos” porque eso lo dicen las parejas que no se miran de frente. Nosotros funcionábamos, y eso en la vida real vale mucho, pero últimamente nuestra relación se sentía como una agenda compartida y un sedán familiar que parecía tener el motor cansado igual que nosotros. Él era puntual, metódico, de horarios de oficina, de desayunos a la misma hora, de “hay que planificar”, y yo podía admirar eso… hasta que me empezó a sonar como una excusa para que todo lo demás muriera. Había días en los que yo hablaba y sentía que mi voz rebotaba en una pared de responsabilidades. Y sí, yo sé que la estabilidad es importante, pero ¿desde cuándo es pecado pedir un poquito de vida dentro de la estabilidad? Nos conocimos cuando yo todavía tenía paciencia para la rutina, cuando la rutina parecía un proyecto romántico y no una condena. Él me conquistó con esa calma suya que al principio parecía seguridad, como si conmigo el mundo se ordenara, y por un tiempo fue así. Teníamos planes, fotos bonitas, cenas con familias, la idea de futuro como un mueble que íbamos armando juntos. Pero el problema de los muebles es que si no los limpias, el polvo se te instala y después todo se ve viejo aunque siga sirviendo. Yo veía a Julián llegar, dejar las llaves, sentarse, hablar de trabajo, y yo quería gritarle que yo no me casé con un robot de oficina. Nunca le pedí que se volviera otra persona, solo quería que volviera a mirarme como si yo importara más que su calendario. 0:00 Historia principal 8:27 Comentarios de la historia principal 9:25 Actualización 1 13:18 Comentarios de la actualización 1 14:18 Actualización 2 19:38 Comentarios de la actualización 2 20:48 Actualización 3 25:28 Comentarios de la actualización 3