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LA ESENCIA DE LA VERDADERA CIRCUNCISIÓN El concepto de la verdadera circuncisión, tal como lo plantean las Sagradas Escrituras, desplaza el foco de atención desde el cumplimiento externo y ritual de la ley mosaica, hacia una realidad inmensamente más profunda, interna y espiritual. Sin embargo, es lamentable observar que aún existen dentro del redil de la iglesia personas que no logran conciliar en sus razonamientos la necesaria transición entre la tradición judía y la Gracia Divina. Para ayudarnos a aclarar y purificar nuestro pensamiento religioso, el Espíritu Santo, a través de la Epístola a los Filipenses en su capítulo tres, versículo tres, nos enseña con claridad meridiana que la verdadera circuncisión está presente: “entre aquellos que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, los que no ponemos nuestra confianza en la carne”. Es vital que comprendamos que “la circuncisión espiritual” no es una cuestión legalista que podamos trivializar; no se trata de una simple etiqueta social o religiosa, sino de la esencia misma de nuestra eternidad. Por lo tanto, debemos discernirla correctamente. Como afirmaban cristianos de la antigüedad, no debemos quedarnos en el “signo externo”, sino buscar la “cosa o la realidad” a la que ese signo apunta. Solo los perezosos espirituales suelen basar su reclamo en “observaciones externas”, mientras que el hombre vivificado por la Gracia mira, al igual que Dios, más al corazón y al espíritu que a la carne. Esto fue precisamente lo que un inspirado Pablo explicó a la iglesia en la Epístola a los Romanos, capítulo dos, versículos veintiocho y veintinueve. Allí aclara, refiriéndose al pueblo de Dios, que: “el judío genuino no es el que simplemente es judío externamente; pues la circuncisión verdadera no es sólo externa y física. El judío genuino es el que lo es interiormente; y la circuncisión verdadera es del corazón, en el espíritu, no en la letra; así que, la verdadera alabanza no viene de los hombres, sino de Dios”. De esta manera tajante, el apóstol Pablo traza una línea divisoria con el Fuego del Espíritu Santo. Por un lado, están aquellas personas que se jactan “falsamente de ser circuncisos”, apegados a la forma sin fondo; y por el otro lado, estamos nosotros, los creyentes, “la verdadera circuncisión”, una labor no hecha por manos humanas, sino esculpida por la Obra del Espíritu de Dios. Cristo, en las Sagradas Escrituras, nos exhorta a no tener confianza en la carne, porque esta desconfianza en nosotros mismos promueve la humildad necesaria para la Salvación. La circuncisión del corazón nos lleva a reconocer que todo esfuerzo humano que por sí mismo busque alcanzar la Redención, es insuficiente sin la presencia de la Gracia. La Sabiduría Divina insiste en las Sagradas Escrituras, en que la Ley fue dada para que buscáramos la Gracia, y la Gracia fue dada para que pudiéramos cumplir la Ley desde el amor y no desde el miedo. Con esto no estamos diciendo que debamos descuidar la observancia de los preceptos morales dados por el Todopoderoso, pero no nos equivoquemos: “el rito nunca reemplazará la renovación interna que acompaña al nuevo hombre”.