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Entre la espada y el báculo: el papado como servicio y defensa de la cristiandad El pontificado de Juan X marca un giro significativo dentro del turbulento saeculum obscurum. A diferencia de otros papas de este periodo, su figura emerge con mayor fuerza histórica, no solo como pastor de la Iglesia, sino también como defensor activo de la cristiandad frente a amenazas externas e internas. Su gobierno revela cómo, incluso en contextos de profunda inestabilidad, el papado podía ejercer un liderazgo real al servicio del bien común. Antes de su elección como Papa, Juan X había sido arzobispo de Rávena, una sede de gran peso político y eclesial. Desde allí adquirió experiencia diplomática y administrativa, que más tarde pondría al servicio de la Iglesia universal. Elegido en 914, asumió el pontificado en una Roma fragmentada por facciones nobles, donde el Papa debía navegar entre alianzas forzadas y riesgos constantes. Uno de los aspectos más destacados de su pontificado fue su papel en la defensa de Italia frente a las incursiones sarracenas, especialmente en la decisiva batalla del Garigliano (915). Juan X no actuó como caudillo militar, sino como artífice de la unidad: convocó y coordinó a los príncipes cristianos en una coalición que logró expulsar a los invasores que amenazaban Roma y los territorios cristianos. Este hecho ilustra una comprensión del papado como servicio a la paz y a la protección de los fieles, no como ambición de poder. En el ámbito eclesial, Juan X promovió la disciplina del clero y apoyó la vida monástica, consciente de que la renovación espiritual era la única respuesta duradera a la corrupción del tiempo. Su pontificado buscó reafirmar la autoridad moral del Papa, no mediante imposiciones, sino a través de la mediación, la comunión y la responsabilidad pastoral. Desde una lectura apologética, Juan X muestra que el papado no es una institución aislada de la historia, sino una presencia encarnada en ella, llamada a discernir y actuar para proteger la fe cuando esta se ve amenazada. Su caída —encarcelado y finalmente asesinado en 928 por intrigas políticas— no invalida su misión, sino que subraya el carácter martirial del servicio petrino en contextos hostiles. Juan X encarna así una verdad profunda de la sucesión apostólica: el Papa no es garante de su propia seguridad, sino custodio del rebaño, incluso a costa de su vida. En medio del desorden humano, la Iglesia permanece, no porque sus pastores sean invulnerables, sino porque Cristo sigue sosteniendo a su Iglesia a través de ellos.