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Saludos un poco tardíos del P. Alvaro Sáenz Zúñiga, primero desde China, pero como fracasó el envío ahora, con una semana de retraso, hacemos un nuevo intento de Vietnam. Saludos llegan también del diácono Mauricio Fernández Rojas. A la Iglesia el Niño pequeño no le sirve de mucho, pues es frágil, vulnerable, inmaduro y se equivoca, tomando la decisión equivocada al quedarse Jerusalén al partir sus padres. La Iglesia prefiere saltarse la especulación del crecimiento de Jesús para llevarnos directamente al momento en que Jesús asume su vida pública. Su bautismo. Así, además, se cierra la Navidad y abre el Tiempo Ordinario. Lucas dice que Juan el Bautista, que rechazó ser sacerdote del Templo, fue al desierto a predicar y y bautizar con un bautismo de conversión y que muchos lo siguieron. Jesús se encontró con Juan en el Jordán y, por cuanto representaba a los pecadores se sometió al proceso bautismal del profeta luminoso, llamando así la humanidad a la conversión. Juan decía no ser digno ni siquiera de desatarle las sandalias pues vendría a bautizar con Espíritu Santo y fuego. Una vez bautizado, hubo acontecimientos importantes: los cielos abiertos, pues lograría lo que por siglos la humanidad deseaba, tener una relación directa con Dios. Lo otro fue que el Espíritu Santo, en semejanza de paloma, sería el indicativo real, el puntero del Padre, para que Jesús fuera conocido como mesías. Lo otro, mucho más impactante, que el Padre de los cielos declararía sobre Jesús: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro fue aleccionado por Dios, que provoca el descenso del Espíritu sobre unos hombres que ni siquiera estaba bautizados. Dios los confirma en la fe aunque no hubieran sido insertados en ella. Con la conciencia muy clara, Pedro dice: “Ahora comprendo (lo cual significa “asimilo en lo más profundo de mi corazón”) esta verdad, que Dios no hace acepción de personas. Así empieza la evangelización de aquellos hombres. Simón Pedro sabe que ellos conocían a Jesucristo por lo menos de oídas, al modelo de la humanidad futura, el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu y era nuestro modelo, pues: “Dios estaba con él”. Simón hablaba de Jesucristo, y nosotros sabemos que cada persona bautizada, ungida por el Espíritu posee a Dios, de hecho es Cristo, el templo del Espíritu Santo y, por lo tanto, debe vivir su vida como Cristo haciendo el bien y consolando los que sufren.