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La antifragilidad se vuelve más interesante — y más inquietante — cuando amplías el foco y miras sistemas compuestos de capas. La antifragilidad del conjunto a menudo requiere la fragilidad de las partes. Los restaurantes individuales quiebran para que la industria restaurantera prospere y mejore. Los organismos individuales mueren para que el acervo genético pueda evolucionar. Los tomadores de riesgo individuales se arruinan para que la economía se vuelva más apta. Esta es la idea central e incómoda de este capítulo: lo que es bueno para el sistema con frecuencia es malo para las unidades que lo componen. La evolución es el ejemplo más puro. A diferencia de la hormesis — donde un organismo se beneficia directamente del daño controlado — la evolución opera a nivel informacional. El código genético no se preocupa por el bienestar del organismo individual; de hecho, destruye sistemáticamente a los organismos para preservarse y mejorarse a sí mismo. Cuando una mutación aleatoria produce un individuo mejor adaptado, ese individuo sobrevive y se reproduce. Los más débiles mueren. El acervo genético mejora. El organismo era simplemente un vehículo. Esto crea una tensión directa entre la lógica de la naturaleza y la nuestra. Un organismo inmortal necesitaría estar perfectamente preadaptado a cada posible perturbación futura — una condición imposible. Al permitir la muerte entre generaciones, la naturaleza evita por completo la necesidad de predicción perfecta. Los rescates de instituciones en quiebra violan esta lógica: mantienen vivos a organismos no aptos, privando al sistema del mecanismo correctivo que lo mantiene saludable. La famosa frase de Nietzsche — "lo que no me mata me hace más fuerte" — se malinterpreta fácilmente. Puede describir la hormesis, pero también puede describir la selección: lo que no me mató puede simplemente haber matado a todos los más débiles, y los supervivientes parecen más fuertes solo por comparación. Taleb llama a esto la ilusión del Gulag. Los buenos sistemas están construidos para aprender de errores pequeños y contenidos. Los accidentes aéreos mejoran la seguridad futura. Cada accidente de avión hace el siguiente menos probable. Las crisis bancarias, por el contrario, son contagiosas: cada falla hace la siguiente más probable porque el sistema está demasiado interconectado para que los errores permanezcan locales. El capítulo cierra con un llamado a un tipo diferente de respeto. Los emprendedores toman riesgos que benefician a toda la economía mientras absorben la mayor parte del costo. La economía mejora gracias a sus fracasos, incluso cuando — especialmente cuando — ellos personalmente lo pierden todo. Como soldados que mueren por causas que nunca vivirán para ver realizadas, los emprendedores fallidos son sacrificados por el bien colectivo. Una civilización que no honra este sacrificio, o peor, que se burla del fracaso mientras celebra a burócratas y consultores que no asumen riesgo personal, ha invertido la lógica moral que hace posible la antifragilidad.